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martes, 18 de julio de 2017

Mi primer beso Eros

Mi primer beso Eros
© David Gómez Salas, el Jaguar
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Contigo, descubrí lo que es amar:
Atracción, pasión, intensidad,
pureza,  incondicionalidad
y muchas  cosas más.
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Con tu primer beso, lo aprendí.
Me ubicó en el cielo, en el mejor lugar.
La felicidad suprema logré alcanzar.
El amor eros y el amor ágape,  viví.
-
Contigo viví en un torbellino
de amor terrenal y divino.
Aquel beso marcó mi vida,
que a tu vida ha quedado unida.

martes, 17 de mayo de 2016

Salvamento pesado

Salvamento pesado
© David Gómez Salas

Viajamos del Distrito Federal a Cancún Quintana Roo: Pepe, Maximiliano y yo, en el camino Pepe nos platicó que le fascinaba nadar y que cuando estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México había ganado el segundo lugar en un concurso de natación a nivel nacional.  No recuerdo el nombre de la competencia , no recuerdo si fue a nivel universitario  o de todas las asociaciones estatales, no recuerdo más datos.  Pero un segundo lugar nacional es algo relevante,  sin duda era muy bueno nadando.

Nos detuvimos para comer en un lugar paradisiaco llamado El Cenote Azul que se encuentra en Bacalar Quintana Roo.

Es un restaurante construido en el borde del Cenote, así que se puede nadar en las cristalinas aguas del Cenote y subir directamente al restaurante para  tomar un refresco, una cerveza o comer. Max y yo nos metimos a nadar, Pepe fue por unas cervezas.

Max se tiró un clavado y nadó al centro del Cenote una distancia de  40 - 50 metros. Yo nadé primero para separarme de la orilla más o menos 20 metros y  después me quedé nadando y flotando en esa zona para estar observando la orilla,  atento para cuando  Pepe  arrimara las cervezas al borde .

De repente,  Max me dijo ¡David, hay una persona que se está ahogando!

No  había visto a esta persona en apuros porque mi mirada estaba dirigida a la orilla y la persona se encontraba atrás de mi, a quince metros de distancia en dirección al centro del Cenote.

— ¿Que hacemos? — me dijo.  Se está ahogando y me pidió ayuda.
— Pues no podemos dejar que se ahogue — respondí .  Y nadé hacia la persona para auxiliarlo.

El problema era que aprendí a nadar sin técnica, como la mayoría de mi pueblo en aquellos años.  Puedo nadar en el mar o en lagunas muchas horas seguidas sin cansarme, siempre y cuando no tenga que  cargar objetos pesados. Sé nadar para mantenerme a flote y avanzar, para vencer corrientes ligeras  e incluso avanzar tramos cortos con  fuertes corrientes, pero  hasta ahí. No me sentía ni me siento  capaz de poder salvar a una persona.  Es mucho peso.

Sin embargo nadé hacia la persona, a sabiendas que podría morir . Las personas que se están ahogando normalmente se agarran desesperados de cualquier cuerpo que flota  y con frecuencia terminan ahogando al auxiliador.

Pensé  de inmediato en mi esposa e  hijas, también en mi madre. Quizás ya no las volvería a ver. Al mismo tiempo pensé lo que haría para salvarlo.

Me acercaría de frente para poder hablar con él y explicarle como lo salvaría.

Mi plan era que lo ayudaría a flotar y que él se mantuviera quieto  y no intentara tener toda la cabeza arriba de la superficie del agua, que inclinara la cabeza hacia atrás y dejara solo la nariz y la boca fuera del agua. Sabía que de esta manera podríamos  avanzar lentamente, pero  seguros.  Cerca de la  orilla quizás  alguien podría lanzarnos  una cuerda y jalarnos.

Otra opción era que yo lo ayudara a flotar y que Max, no diera empujones sin comprometerse a sujetarnos.  Como cuando se empuja una lancha.

La mejor opción era que Pepe, segundo lugar nacional en natación, se lanzara al agua y lo salvara.  Pero los que estábamos cerca  éramos: Max y yo.  Pepe había a la barra por las cervezas.

Pensé que si detectaba que la persona intentaba sujetarme o montarse en mí, entonces me hundiría de inmediato  porque  el que se está ahogando  desea mantener la cabeza fuera de la superficie del agua. Con esta maniobra imaginaba que me soltaría al sentir que lo jalaba para abajo.

Ya estaba frente al él, era un joven como de 20 - 25 años de edad, moreno de cabello negro.

El muchacho estaba desesperado, al sentirme cerca su primera reacción fue estirar los brazos para sujetar mi cabeza. Me hundí como lo había planeado pasé por abajo de él, vi que tenía puesto un short de mezclilla. Subí y con la mano derecha lo tomé por atrás del cinturón del short  para ayudarlo a flotar y al mismo tiempo le puse mi antebrazo izquierdo en su cuello y empuje hacia adelante su cabeza para evitar que girara.

—Estoy calmado — me dijo

— Estamos flotando, te voy salvar  — le contesté.

Max llegó y empezó a empujarnos, avanzábamos con lentitud pero seguro.  Afortunadamente , por fin llegó Pepe a la orilla del Cenote , con tres cervezas. Max le gritó ¡Ayúdanos, se estaba ahogando!

Pepe dejó las cervezas en una mesa, se quitó los lentes, la camisa, los zapatos, los calcetines y se lanzó al agua.  Se me hizo eterno ese tiempo.

Nadó hacia nosotros y cuando llegó se preparó a darle un golpe a la persona que rescatábamos.

— Está controlado — gritó Max.

Entre los tres lo arrastramos a la orilla. La presencia de Pepe nos dio mucha confianza.  Al subirlo a tierra nos dimos cuenta que era un muchacho muy fuerte, como de 1.90 metros de estatura.

— No sé que me pasó — nos dijo. Yo he nadado con frecuencia y nunca me había pasado esto. Se me acalambraron las piernas y no tenía fuerza en los brazos.

—A veces llegan corrientes de agua muy fría porque el Cenote tiene de 40 a 60 metros de profundidad —  le contesté.

El joven descansó un rato recostado en el piso. Unas monjas que habían visto desde la parte alta del restaurante todo el rescate, bajaron al sitio  y nos dijeron: benditos sean.

Al oír lo anterior, el joven les dijo: No sé que me pasó , ya les conté que soy atleta, corro y nado todos los día y ...se puso a presumir  sus hazañas y records.

Nos retiramos para comer y tomar las cervezas.

— Al final, cuando llegaron las religiosas,  ese muchacho  presumió tanto que me dieron ganas de regresarlo al agua — dijo Max.

Cuando llegué al rescate pensaba noquearlo con un golpe porque así es más  fácil y seguro salvar a quien se ahoga. Pero me detuve al escucharlos  decir que el muchacho estaba calmado — dijo Pepe.

— ¡Lo hubieras noqueado!  — contestó Max.


martes, 19 de febrero de 2013

La fiesta de la muerte



La fiesta de la Muerte
Autor David Gómez Salas

La Muerte incansable pendenciera,
celebraba que podía llevar al panteón,
a cualquiera, al que quisiera. 
Sin importar su condición

Al culto  y  al ignorante,
Al humilde y al arrogante.
A mujeres, hombres y homosexuales.
A locos, cuerdos, ateos y creyentes.

Me llevo ancianos, jóvenes y niños.
Cantaba la Muerte, sonriente.

La huesuda percibía adecuado el ambiente
(México, su referente)
para tener muchos clientes.

Tomó mucho Tequila y luego gritó, con esmero:
¡Viva la televisión!
¡Viva el clero!
¡Viva la corrupción! 
¡Viva el voraz extranjero!

miércoles, 16 de enero de 2013

Flor temprana. Autor David Gómez Salas



Flor temprana
Autor David Gómez Salas

Flor temprana, osada y atrevida,
te apresuras a nacer para cumplir la misión
de preservar tu especie.
Naces, sabiendo que arriesgas  vida.

Y sabes más:
Sabes que naces en la adversidad, que te puede matar una helada  o el granizo despiadado.
Sabes de las amenazas que existen para evitar que te embaraces.
Sabes que morirás en el parto para dar vida al fruto.
Sabes que no estarás para cuidar a tu hijo.
Sabes que la semilla, que tanto deseas crear, puede morir prematuramente.
Sabes que la semilla puede no ser sembrada o que no germine y muera de sed.
Sabes  que existen depredadores.
Y sabes más…

Aún con toda tu sabiduría, gana tu corazón… y naces. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Lo que me enseñaste, callada. Autor David Gómez Salas

Lo que me enseñaste, callada
Autor David Gómez Salas

Cuando te echaron a la calle,
te fuiste callada.
Erguida y segura,
tu temple brillaba. 

Solo te llevaste tu ropa
y zapatos. 
Quedaste sin muebles,
sin plantas, sin trastos.

A mis diez años de edad 
odié y sufrí a raudales,
al verte desamparada y
sin bienes materiales.

A escondidas, te llevé
una vieja licuadora.
Y no la aceptaste,
mi gran educadora.

Por tus decisiones y caricias
en momentos clave;
aprendí que con dignidad
y amor, se supera lo insuave.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Aullido. Autor David Gómez Salas

Me alimento de

tu ímpetu y arrojo

De tu energía y frenesí,

de tus enojos.


Respiro de tu viento

maravilloso,

intenso, violento

y sin reposo.


Mi sangre es

tu cuerpo y tus besos.

Te llevo en mis venas

y en mis huesos.

lunes, 10 de octubre de 2011

Percepción. Autor David Gómez Salas

Eran casi las dos de la mañana cuando llevé en mi auto a mi amigo Juan Manuel, al edificio donde estaba su oficina. En cuanto entró al edificio, arranqué el auto y tomé el celular para avisarle a mi esposa que ya iba a casa.

Veinte Metros más adelante me detuve ante un semáforo en rojo, intempestivamente se abrió la puerta delantera del lado derecho y entró al auto un hombre armado.

—¡Te vas morir hijo de la chingada, sino obedeces!—Gritó.

—¡Me vas a llevar a donde te diga!—Agregó con otro grito.

Con la mano izquierda me sujetó de los cabellos, sacudiéndome la cabeza de un lado a otro; y con la otra mano, puso una pistola en mi sien derecha.

Por instinto de conservación reaccioné moviendo la cabeza en la misma dirección y sentido de los jalones que me daba el agresor, para aparentar estar más ebrio de lo que estaba. Pensé que así el asaltante me golpearía menos para someterme.

El asaltante parecía sorprendido al ver que podía sacudirme la cabeza con mucha facilidad. Sentí que me observaba para descubrir si realmente venía muy ebrio o estaba fingiendo.

Me mantuve en silencio y con la mirada al frente, para que el asaltante tuviera la seguridad de que él tenía la situación controlada por completo. Necesitaba que se sintiera dominador y dejara de golpearme.

—Te llevaré a donde quieras, dime a donde quieres ir—Le dije. Sin dirigirle la mirada.

El delincuente se acomodó en el asiento, se enderezó y levantó el pecho. Se veía más alto. Mantuvo la pistola apuntándome, pegada a mi cabeza.

—Vete por toda la Avenida Xola—Ordenó. Y agregó: al llegar a la Calzada de Tlalpan, te vas a la derecha hasta llegar a la Estación del Metro General Anaya, por ahí te diré más.

Contaba, más o menos, con cinco kilómetros para salir del problema, siempre y cuando fuera cierto lo que había dicho. Podía suceder que me quitara el auto antes de recorrer esa distancia, pero por la forma directa y concisa en que lo expresó, parecía haber dicho la verdad.

Primero consideré estrellar el auto contra un poste o una casa. Pero no parecía ser una solución, pues el maleante podría pegarme un tiro y huir, sin que alguien lo viera. No habría testigos, porque no había peatones y pasaban muy pocos autos.

Lo mejor era chocar contra otro automóvil, para que quedaran testigos de mi muerte. Y con muchísima suerte, quizás hasta tendría la oportunidad de salir del auto, después del impacto, y correr.

Deseaba complicarle la situación al asaltante, al llegar a la Calzada de Tlalpan, porque ahí circulan más carros que en la Avenida Xola.

—Vas a ir despacio por el carril de la derecha—Me ordenó, el maldito.

Por ese carril de baja velocidad, no era posible alcanzar a otro automóvil. Tampoco podía girar el auto a la izquierda para chocar con otro que pasara a alta velocidad, porque el impacto sería de mi lado. Debía chocar el auto por el costado derecho, de su lado. En último caso de frente.

Seguimos por el carril de baja velocidad y no tuve la suerte de encontrar un automóvil que circulara más lento, para embestirlo.

Al llegar a la esquina de Avenida Xola con Calzada de Tlalpan, sus insultos y golpes arreciaron. Creí que el tipo me iba a ordenar tomar una de las calles de esa zona, para quitarme el auto y darme un tiro. Es una zona casi sin alumbrado público, muy oscura.

Pensé que debía haberme arriesgado antes, porque quizás ya se estaba terminando mi tiempo.

Afortunadamente el delincuente no me ordenó ir por esas calles negras. Tomamos la Calzada de Tlalpan; siguiendo la ruta que él había dicho. Aquí los golpes se hicieron menos frecuentes e ignoré siempre sus insultos.

Pensaba infinidad de cosas, ya que además de cavilar sobre como librarme del asaltante, me lamentaba por haber tomado varios tragos y no estar en plenitud para reaccionar lo mejor posible. También lamentaba no haber puesto el seguro a la puerta, cuando mi amigo bajó del auto.

Pensaba en mi esposa y en mis hijas. Recordaba que cuando regresaba muy noche a casa, le decía a mi mujer que sabía cuidarme para que no se preocupara. Y ahora, si salía vivo, con que cara podría verla, sin recordar mi presunción. También le decía: “no te preocupes, la mala hierba nunca muere” y otras tonterías.

Seguimos por la Calzada de Tlalpan hacia el sur, por el carril de baja velocidad. Dos o tres autos me rebasaron por la izquierda, pero por el carril de máxima velocidad. La Calzada de Tlalpan tiene cuatro carriles en cada dirección. Pasaban muy separado de mí y a gran velocidad, fácilmente me matarían al atravesarme en su camino.

Después de un largo recorrido encontré una patrulla estacionada, justo una cuadra antes de llegar a la Estación del Metro General Anaya. Avancé para impactarla, era mi única oportunidad, aunque fuera la policía.

El asaltante me había dicho que por ahí daríamos vuelta a la derecha y yo recordaba que esas calles están siempre vacías después de las once de la noche. A esa hora con más razón.

Imaginaba que nos estacionaríamos en una calle oscura, que me obligaría a bajarme del auto, me pegaría un balazo y se llevaría el carro. Me figuraba que los vecinos encenderían las luces de sus casas, llamarían a la policía y bajaría hasta que estuvieran seguros de que ya no había peligro.

Estaba obligado a jugarme la vida en esa oportunidad. Estrellarme contra la patrulla. Pero…

—¡Si das claxonazo, te vas!—dijo, el maleante. Apretó la pistola contra mi cabeza y escuche un “click”, que interpreté había preparado la pistola para disparar.

Decidí no chocar contra la patrulla, se podría disparar la pistola al momento de la colisión. No sé porque pero frené con suavidad y detuve el auto justo al lado izquierdo de la patrulla, y sin hacer movimientos bruscos toque el claxon lo más breve posible.

Él malhechor tenía que decidir si disparaba o no, frente a la policía.

El tipo no disparó, bajó el arma y la escondió bajo su chamarra, dando la espalda a la patrulla se bajó del automóvil con agilidad y sin perder el estilo. Cerró la puerta sin golpearla y se paró frente a la ventanilla dando de nuevo la espalda a la patrulla.

El delincuente obstruía con su cuerpo la ventanilla, así que me incliné lentamente sobre el volante para poder ver la patrulla. Había dos policías.

El malhechor simuló ser un amigo al que yo le había dado un aventón a ese punto. Levantó la mano derecha para decirme adiós en forma breve, pasó por atrás de la patrulla, se subió a la banqueta y se fue caminado con tranquilidad. No supe más, me fui a casa.

El delincuente no me quitó la cartera, ni el auto, ni me llevó a un cajero automático, ni me causo heridas graves. Salí con vida.

Nada dije a los policías de la patrulla, ni siquiera intenté ver su rostro de nuevo, no confío en ellos. Desde estudiante me provocan mucho temor.

Me dijo un amigo extraterrestre: Yo no lo hubiese dejado ir así: "caminando con tranquilidad" sobretodo ya libre del cañón de esa pistola y teniendo a mano toda esa patrulla policial.

Y contesté: Me da gusto que tu percepción sea diferente a la mía. Pienso que por aquí, son peores los de uniforme…

jueves, 1 de septiembre de 2011

Tu angustia. Autor David Gómez Salas

Robaste a tu esposa

y a tus hijas, su dinero.

Fracasado, mentiroso,

sin honor, vulgar ratero.

Voraz, insaciable,

avaro y rastrero.

Apocado pernicioso

¡Súfrete, con tu dinero!

viernes, 8 de julio de 2011

Tiro de gracia. Autor David Gómez Salas

Tiro de gracia. Autor David Gómez Salas

Una noche arribó un automóvil rojo al terreno que colinda con mi huerto. Entró por una parcela abandonada sin cerca al frente, el acceso estaba libre. El automóvil avanzó hacia donde me encontraba y se estacionó en el límite con mi terreno, muy cerca de mí.

Descendió del automóvil, una pareja de enamorados que se abrazaban y besaban. Con rapidez pusieron sobre el suelo una colcha y empezaron hacer el amor frente a mí.

Me retiraba silenciosamente del lugar, cuando el hombre gritó: ¡Quien anda ahí!

—Estoy en mi huerto—Contesté. Seguí caminando para alejarme del lugar y escuché disparos y sentí al mismo tiempo un balazo en mi brazo izquierdo. Corrí al río, es un cauce seco con algunos árboles de mezquite y maleza que crece en el desierto.

Corrí sin detenerme a lo largo del cauce hasta llegar a su cruce con la carretera. Antes de subir a la carretera, revisé mi brazo y me dí cuenta que mi herida era solo un rozón. Sin embargo supuse que por la sangre sería difícil que alguien se atreviera ayudarme y llevarme en su automóvil. Así que decidí seguir caminando por el cauce hasta llegar a las vías del tren y caminé a la ciudad por esa ruta. Era más segura, por ahí mi agresor no podría seguirme en automóvil, no hay forma.

Llegué a casa después de la medianoche, todos dormían. Me bañé y lavé mi herida con detergente, después le puse mercurocromo. Con gasa, presioné ligeramente la herida con mi mano derecha hasta que dejó de sangrar y la herida quedó seca externamente. Coloqué gasa limpia sobre la herida y la fijé con tela adhesiva. Me acosté del lado derecho con el brazo izquierdo arriba y sin moverme.

Al día siguiente, al mediodía, pasé en automóvil frente a mi huerto para observar si había alguien vigilando. Me di cuenta que 50 metros adelante, estaba un carro color gris plata estacionado del otro lado del camino, en sentido contrario al mío. No me detuve, seguí hasta el final del camino, es un tramo cerrado que comunica a varios terrenos con una carretera. Cuando llegué al final del camino di vuelta en “U “. Pasé de nuevo frente al auto estacionado y me di cuenta que en su interior, había una mujer.

El mismo día, a las 5 de la tarde di otra vuelta. Permanecía el carro estacionado con una mujer en su interior. Parecía ser una mujer distinta a la que había visto en la mañana. No estaba seguro, porque al pasar frente al carro, no volteaba descaradamente a verlo, simulaba llevar la vista al frente y voltear brevemente como con cualquier auto.

Pasaron 15 días en que no pude regar mis árboles y el sol los estaba matando. Son árboles jóvenes con raíces aún poco profundas. Así que al dieciseisavo fui al huerto a regar. Para que el agua se infiltre a través del suelo debo regar de tarde noche. De día el agua se evapora muy rápido y no se aprovecha. Mi terreno es arcilloso, sin arena, poco poroso.

Al llegar al huerto, de inmediato vi que estaba el carro gris plateado en el sitio de siempre, lo ignoré. Me estacioné frente al portón, lo abrí, metí mi auto, cerré el portón y me dirigí a mi auto para ir al fondo del terreno. Pero en ese momento el carro gris plata ya estaba frente a mi terreno y como la cerca es de malla ciclónica, la mujer que bajó del auto y yo, podíamos vernos. No podía fingir que no la había visto.

—¡Señor, señor!—Gritó.

Me aproximé a ella, para escucharla. Era una mujer muy joven, delgada, morena, rostro delicado, ojos negros grandes, cejas pobladas y nariz pequeña. Cabello lacio sujetado hacia atrás.

—Necesitamos platicar—Me dijo. No tenga miedo, no le vamos hacer nada. Usted no rajó, no fue a la policía. Mi novio y yo, queremos darle un regalo de agradecimiento.

—Nada hay que agradecer—Le dije.

—Solo queremos platicar, no tenga miedo—Insistió. Suba a mi carro lo llevaré. Usted es un hombre fuerte, yo soy solo una mujer de 18 años ¿Me tiene miedo?

—Necesito darle agua a las plantas, se están secando—Contesté. No me deben nada, me urge regar.

—Espere, voy a llamar por teléfono, a ver que me dicen—Contestó.

Se retiró un poco e hizo la llamada atrás de su coche. Solo habló un minuto y regresó al portón y dijo: Está bien, póngase a regar, pero estamos entrados, rechazó mi invitación.

Caminó a su auto y dijo: espere, quiero enseñarle algo. Llegó al auto, abrió la cajuela y sacó una metralleta. ¿Ve este juguete? Si lo quisiera chingar, lo hubiera chingado, aunque se echara a correr.

Guardó el arma en la cajuela, subió al auto, dio marcha al motor y volteó a verme por la ventanilla. Sonrió y me dijo: nos veremos pronto y la próxima vez no me digas no. Se fue.

Ese día, terminé de regar como a las once de la noche. He aprendido a disfrutar el cielo estrellado del semidesierto, y he aprendido a amar la nobleza de su escasa vegetación. Me gusta estar a oscuras y mis ojos se acostumbran a ver con la tenue luz de la luna, aún cuando no haya luna llena. Así que decidí que a partir de ese día iría a mi huerto solo de noche. Me sentía más seguro, pero no perdía el miedo de que llegaran a visitarme.

Pasaron más de tres meses y cuando ya sentía que no los volvería a ver, apareció la mujer. Arribó a las 9 de la noche, se estacionó fuera de mi huerto. Nos vimos de inmediato, yo estaba abriendo una válvula que se encuentra cerca del camino. Bajó de su auto y me dijo: Buenas noches, mi buen.

—Buenas noches—Contesté. Tenía miedo, aunque ella tuviera 18 años y se viera sin maldad.

—Ábreme quiero platicar contigo—Dijo. No tengas miedo, no te voy hacer nada ¿Estás armado, güey?

—No—contesté. Y abrí el portón.

Pasó al huerto y me dijo: Mataron a mi novio, a mis papás, a mis carnales y a mis amigos. Al final solo quedamos vivos tres y éramos un chingo. Los tres que quedamos vivos, nos despedimos y cada quien jaló por su cuenta, sin saber de los otros, para que en caso que lo agarren, vuele solo.

Vine porque tú eres uno de lo pocos que no me eché ¿Me entiendes?

Me respetaban por mis ovarios bien puestos ¿Me entiendes?

Nunca me temblaron las manos, ni las piernas, ni nada ¿Me entiendes?

Así que pensé, me voy a echar aquel pinche campesino y vine.

Pero ya te dije que no te voy hacer nada y siempre cumplo mi palabra.

Déjame ver tu brazo. No te pasó nada y te disparó muy cerca por la espalda. A esa pinche distancia, yo te hubiera dado en la cabeza, la espalda, donde quisiera. Pero “El Culi” falló. Así le decían mi novio porque él a todos les decía culeros.

Pienso que a partir de esa noche empezó su racha de mala suerte. Por dejarte vivo. Los muertos nunca dan problemas, ni traen mala suerte. Perdí la cuenta de los he matado sin problemas. Pensé que debía darte cuello para terminar mi raja de mala suerte y vengar a “El Culi”.

Mientras yo regaba, ella caminaba a mi lado y a través de ella, habló el diablo. Platicó, casi sin interrupción, cerca de dos horas. Después me dijo: “El Culi” ya está muerto, como mis papás. Así que si voy a cumplirle a un muerto, que sea a mi mamá y no al güey del Culi.

Sacó debajo de la chamarra una pistola, la puso en mi cabeza y me dijo: si quieres vivir acuéstate en el suelo y repite lo yo diga.

—Doña Marisol, perdone a su hija, así como ella me perdonó—Dijo.

—Doña Marisol, perdone a su hija, así como ella me perdonó—Repetí.

—Ya la hiciste, pinche campesino—Dijo. Puso la pistola en mi nariz, desabotonó su blusa y, con una leve sonrisa, me preguntó:

¿Te gusta mi cuerpo, güey?

—Si

¿Has estado con una hembra como yo?

—No

Pues te la vas a perder, dijo. Guardó su pistola y se fue.

viernes, 27 de mayo de 2011

Amnesia. Autor David Gómez Salas

Amnesia

Autor David Gómez Salas

Señorita no recuerdo quien soy. No recuerdo mi nombre, ni edad, ni siquiera sé donde vivo. Estoy diciendo la verdad, estoy perdido.

—No vivo en esta ciudad, no lo puedo ayudar. Pregunte a una persona, que sea de este lugar.

Señora no recuerdo quien soy. No recuerdo mi nombre, ni edad, ni siquiera sé donde vivo. Estoy diciendo la verdad, estoy perdido.

—Sé donde vives primor, irás a casa conmigo. Te he estado buscando ¡Por fin encontré a mi marido!

No se ofenda señora la veo muy grandecita. Y calculando edades, podría ser mi abuelita.

—Vamos a casa mi rey, allá te bañaré. Y para curar tu amnesia, mi cuerpo, te entregaré.

En su casa, con prisa, me quitó la camisa. Estaba desesperado, me sentía atrapado.

—Para bañarte, dijo: te voy a desnudar. Y para no mojar mi ropa, también me la voy a quitar.

Se me ocurrió hacerle cosquillas en sus peludas axilas y también en las costillas.

Tanta risa le dio, que la vieja se orinó. Y para que me detuviera, dejarme ir prometió.

Fuera de su casa, grité: ¡Ya sé quien soy! ¡Adiós doctora, ya todo lo recordé!

sábado, 21 de mayo de 2011

Luna enamorada. Autor David Gómez Salas

A mi musa…


En mi huerto,

durante el verano,

en las noches, consumido,

con desgano;

al terminar mi trabajo,

me acostaba conforme

y lleno de ilusiones,

sobre una piedra enorme.

La luna preciosa

y sensible lo notó.

Y mi admiración por ella,

mal interpretó.

Se enamoró de mí

y partir de ahí,

solo hubo luna llena,

Plenilunio, para mí.

La linda luna

fue mi inspiración.

Hice mil poesías,

por esa razón.

Tardé en comprender

su dulce mirada;

y darme cuenta que,

de mí, estaba enamorada.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Tristes recuerdos. Autor David Gómez Salas

Al morir su madre dijo a sus hermanas:

nos repartiremos la joyas, mañana.

Me figuré un desagradable festín

para repartirse el botín.


No las imaginé con dos brazos,

las pensé con seis tentáculos.

Y dije, no deseo ver

ese triste espectáculo.


—No lo veo así, contestó.

Así no piensan los cuerdos.

El oro, las perlas y gemas;

serán mis tristes recuerdos.

domingo, 20 de febrero de 2011

La apuesta. Autor David Gómez Salas

Nada hay que explicar

sobre una poesía.

Absurdo y aburrido

sería.


Los incapaces de crear,

los amargados;

atacan sin cesar

lo que no han creado.


Los que no existen

por sí mismos;

actúan con envidia

y con nihilismo.


Aquellos, con el tiempo

serán olvidados.

Y poemas que no fueron explicados,

generosamente serán recordados.


La mirada del jaguar

David Gómez Salas

miércoles, 9 de febrero de 2011

Cristiano alevoso Autor David Gómez Salas

En la arena del circo romano

estaban: un violento león

y un torturado cristiano.


El león cuidado y sano.

Maltratado y débil, el cristiano.


Al cristiano lo enterraron

sin compasión, ni pena.

Solo su cabeza

quedó fuera de la arena.


El león que estaba libre

y super sano,

se lanzó sobre la cabeza

del cristiano.


Este movió el cuello,

esquivó el ataque;

y arrancó un testículo

al león, con un mordisco.


El público protestó

que moviera el cuello.

Con llantos reclamó,

tal atropello...


Historias callejeras

David Gómez Salas

jueves, 27 de enero de 2011

Muñeca. Autor David Gómez Salas

Lupita, dulce muñeca querida,

tu espíritu es inquebrantable.

Eres excelente esposa y madre,

eres el gran amor de mi vida.


Eres hermosa de rostro y alma,

eres hija y hermana, ejemplar.

Irradias ternura y suave calma.

Por ti, comprendí lo que es amar.


Poesía a la carta

David Gómez Salas

lunes, 24 de enero de 2011

Pelea callejera. Autor David Gómez Salas

En Barrio Nuevo, mi barrio en la ciudad de Tapachula Chiapas, una tarde-noche el Chilaco se iba a pelear con Juan. El Chilaco dos años mayor que Juan, con más estatura y musculatura, se veía invencible. Su aspecto sucio de vago, lo hacía ver con mucha experiencia en peleas callejeras.

Alrededor de los contendientes estábamos, como espectadores, quince jóvenes y niños. Algunos adultos observaban al grupo desde las puertas de sus casas y otros desde la tienda de la esquina.

Nacho, que era nuevo en el barrio, se acercó a ver la pelea que se pronosticaba sería desigual. Juan media cinco centímetros menos de estatura, además era más joven y delgado. Vestía ropa limpia, estaba bien peinado, se veía pulcro y educado. Tenía en la mano derecha, una vara de bambú de un metro de largo, color amarillo con manchas color café.

Juan debía pelear con aquel energúmeno para no ser calificado, por los demás, de cobarde. Estaba en juego su honor.

El Chilaco se quitó la camisa para iniciar la pelea, mostró sus fuertes músculos y se colocó en el centro del círculo de espectadores.

El turno era de Juan, lo estaban esperando…

Juan extendió el brazo derecho invitando a Nacho a que sostuviera su vara de bambú, para poder enfrentar a mano limpia al temible Chilaco. Eran las reglas de la calle.

Cuando Nacho tomó la vara de bambú, todos huimos del lugar: Incluso Juan y el feroz Chilaco.

Nacho, descontrolado, sintió que la vara estaba mojada y tardó dos segundos en darse cuenta que la vara de bambú estaba embarrada con excremento. Excepto el sitio donde Juan la había agarrado.

Bienvenidos al barrio

domingo, 9 de enero de 2011

LA REVOLUCION MEXICANA. David Gómez Salas

LA REVOLUCION MEXICANA
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La nota. Autor David Gómez Salas

Fui a la casa de Juan, un amigo pescador. No estaba, solo encontré una nota con el relato siguiente:

Un tiburón gata atacó a Felipe, le arrancó el estómago y los intestinos. Le quedó un agujero a la mitad del cuerpo. Murió sorprendido porque la gente siempre le dijo que la gata era un animal pacífico.

Para sacar un caracol de su concha los pescadores le hacemos un pequeño orificio a la concha en el extremo y por ahí picamos al animal en la parte más interna de la concha, al mismo tiempo lo jalamos por la parte más externa. Solo así podemos sacarlo de su concha.

Si alguien jala al caracol para sacarlo a la fuerza de su concha, sin picarle por el otro extremo, el caracol se infla dentro de la concha y ya no puede ser extraído por más fuerte que sea el pescador. Cuando esto sucede, lo único que queda es romper en pedazos toda la concha para separarlo.

Sin embargo la gata succiona con tanta fuerza que es capaz de extraer el caracol de su concha. Con la boca chupa con tanta potencia que extrae al animal y se lo traga. La concha vacía sube con violencia a la superficie del agua y vuela casi dos metros arriba del mar.

Pues eso le pasó aquel día a Felipe. La gata, lo chupó como a un caracol.

Dos días después de su muerte, en la noche, Felipe me visitó.

Estoy muerto de coraje—me dijo. Porque entre los muertos también existe la idea que la gata es un animal pacífico.

Tienen razón—contesté. La gata te atacó porque le disparaste con el arpón para matarla. Es un animal pacífico, pero al ser agredido, se defendió.

No recuerdo eso—dijo Felipe.

Es raro—le contesté. Sucedió apenas anteayer.

No puede ser—dijo Felipe. Pues morí hace ya un mes. Por borracho, me intoxiqué.

No quise escuchar más. Me busqué en el espejo y no me encontré, sentí un vacío en el estómago…

No me busquen.

Juan

sábado, 27 de noviembre de 2010

Niño de siete años. Autor: David Gómez Salas

Dedicado a Friedrich Gauss

Un maestro indolente, quiso mantener ocupado a un niño inteligente.

Dijo el maestro malvado: sumarás del uno al cien y me darás el resultado.

Pensó con gran desdén ya me deshice de él, por largo tiempo, que bien.

Pero, cinco minutos después, el niño dijo: ¡Ya está! El resultado es: 5,050 ¿verdad?


El niño explicó:

1+100, ciento uno

2+99, ciento uno

3+98, ciento uno

4+97, ciento uno

5+96, ciento uno

Y así sucesivamente,

da 50 veces ciento uno.

Y fue muy fácil la cuenta: 50x101 = 5,050

lunes, 15 de noviembre de 2010

Solferino. Autor David Gómez Salas

Solferino

Autor David Gómez Salas


La palabra solferino está relacionada con la vida, la muerte, el cielo, la sangre y la tierra.


1. Leyenda mexicana prehispánica

Coatlicue, la Madre Tierra, se embarazó cuando una pluma azul cayó del cielo al estar barriendo un templo en el Cerro de la Serpiente. El inexplicable embarazo enfureció a sus otros cuatrocientos hijos, quienes pensaron que su madre había engañado a su padre Mixcóatl. Así que decidieron matar a su madre Coatlicue, para vengar a su padre.

Pero del vientre de Coatlicue, salió su hijo Huitzilopochtli completamente armado y mató de inmediato a sus cuatrocientos hermanos. Ese día el azul del cielo y el rojo de la sangre de sus hermanos se mezclaron y el lugar se tiñó de un color muy especial que entrelaza la vida y la muerte. El color solferino.

A Coatlicue, diosa de la tierra y la fertilidad, se le representa con una cabeza que simboliza la vida y la muerte, una mitad es un rostro de mujer y la otra mitad es solo el cráneo sin carne.

2. La Cruz Roja y la Media Luna Roja

El 24 de junio de 1859, en la localidad de Solferino Italia, se llevó a cabo una batalla sangrienta del ejército austriaco contra los ejércitos de Francia y el reino de Cerdeña. Después de nueve horas de batalla las tropas austriacas se rindieron. Oficialmente se reconocieron que del lado austriaco hubo 3,000 muertos, 10,807 heridos y 8,638 capturados o desaparecidos; y del bando aliado hubo 2,492 muertos, 12,512 heridos y 2,922 capturados o desaparecidos.

Jean Henry Dunant llegó a Solferino esa tarde y vio que heridos, agonizantes y muertos permanecían en el campo de batalla. Impresionado, organizó la población civil, para auxiliar a heridos y enfermos.

Levantó hospitales en el sitio y convenció a la población para que atendiese a los heridos sin fijarse en qué bando fueran. El lema fue "Tutti fratelli". Todos somos hermanos. Logró la liberación de los médicos austriacos capturados por los franceses.

Al regresar a Ginebra escribió el libro que tituló "Un Souvenir de Solferino", en donde describió la batalla, sus consecuencias. Desarrolló la idea de que debería existir una organización neutral para curar a los soldados heridos. Distribuyó su libro a infinidad de líderes políticos y militares famosos de Europa.

La Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público, analizó el libro y sus sugerencias el 9 de febrero de 1863. Las recomendaciones de Dunant se valoraron positivamente y crearon un comité, que incluía a Dunant, para llevar a cabo sus ideas. La primera reunión fue el 17 de febrero de 1863, que hoy se considera la fecha de fundación del Comité Internacional de la Cruz Roja.

En 1901, Dunant recibió el primer Premio Nobel de la Paz por su papel al fundar el Movimiento Internacional de la Cruz Roja e iniciar la Convención de Ginebra.

Al felicitarlo el Comité Internacional declaro que "No hay hombre alguno que merezca más este honor, pues fue quien hace cuarenta años, puso en marcha la organización internacional para el socorro de los heridos en el campo de batalla. Sin usted, la Cruz Roja, el supremo logro humanitario del siglo XIX probablemente nunca se hubiera obtenido."

El día del cumpleaños Dunant, 8 de mayo, se celebra el Día Mundial de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. En Ginebra y otros lugares, hay numerosas calles, plazas, y escuelas que reciben su nombre. La "Medalla Henri Dunant", que se da cada dos años por una comisión del Movimiento de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, es su máxima condecoración.

3. Solferino, Quintana Roo, México

La población esta a 13 kilómetros del puerto de Chiquilá y muy cerca del área de protegida (flora y fauna) de Yum Balam. Cuenta con una selva exuberante. Se presenta al norte vegetación acuática y subacuática en los humedales compuestos de lagunas salobres y pantanos del litoral con abundancia del mangle rojo y el pasto marino.

Existe selva baja y mediana exuberante, con asociaciones vegetales llamados ramonales, zapotales, tintales, tazistales y tulares.

En sus ecosistemas viven especies tales como: venado, tejón, el jabalí, zorra, mapache, tepezcuintle, tortuga marina, boa, la serpiente mortal llamada cuatro narices o nauyaca, pavo de monte, faisán, aves canoras endémicas y migratorias. Con abundantes humedales, el mar contiguo y la Isla de Holbox frente a sus playas. Cuenta con aves acuáticas como garzas, pelícanos, patos, fragatas, flamencos y cormoranes.

El nombre anterior del poblado era "Labcáh" que en lengua maya significa pueblo viejo. La población cambio de nombre a Solferino porque existen árboles de la especie llamada Palo de tinte y cuyo nombre científico es Haematoxylum campechianum, Y al llover, el palo de tinte tiñe todo el lugar de color solferino.

Aquí el azul del cielo se mezcla con el rojo de la madre tierra y los turistas creen que es el paraíso.