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domingo, 4 de noviembre de 2012

El Hidrórigo. Autor David Gómez Salas


El Hidrórigo
Autor David Gómez Salas

Ya no llores por favor,
mejor escucha este cuento.
Sobre un llorón fenomenal,
el llorón con más talento.

En una selva maravillosa,
fantástica y muy lejana.
Vivía un hada poderosa,
que trabajaba de nana.

Una noche fue a cuidar
a un hidrórigo pequeñuelo.
El crío se soltó a llorar
y causó un gran revuelo.

El sonido emitido
superó lo conocido.
La población se espantó
por el estridente ruido.

Sus lágrimas escurrieron
y originaron grandes ríos.
Llenaron lagos, océanos
y muchos terrenos bajíos.

Los animales gritaron:
¡Se van a desbordar!
Fueron a las partes altas
para sus vidas, salvar.

Los árboles al no poder viajar,
optaron por estirarse
para tener más altura
y de esta forma salvarse.

El  hada cuidadora envió
las lágrimas al universo.
Y los agujeros negros
quedaron cubiertos e inmersos.

Si todo esto lo causó
un hidrórigo infante,
imagina que puede hacer
un hidrórigo gigante.

lunes, 30 de enero de 2012

Mi amigo. Autor David Gómez Salas

A mi amigo

Autor David Gómez Salas

.

Recuerdo con tristeza a un amigo

que quise como a un hermano.

De los trece a los diecisiete años,

crecimos juntos, les digo.

-

Después me fui de aquella ciudad

dejé de verlo siete largos años.

Un día regresé a visitarlo.

en Navidad y fin de año.

-

Mis paisanos me dijeron

murió hace casi un año.

Unos dicen: se suicidó

Otros: lo mató su hermano.

-

Mi amigo, tenía gran temple,

era valiente y equilibrado.

Exitoso con las mujeres,

con dinero y honrado

No lo imagino pesimista

deprimido, ni derrotado

-

Quise ver a su madre, una santa.

Sus hermanas me bloquearon,

no pude cruzar la puerta;

el acceso, ellas cerraron.

-

Me dieron un argumento extraño:

-

Tu presencia la hará recordar

cuando vivía feliz mi hermano

y al verte volverá a sufrir.

¡Por eso te debes ir!

-

Aunque no les creí
por prudencia me retiré
Recordé a mi gran amigo

y dentro de mi… lloré.

-

Han pasado muchos años

de aquellos acontecimientos

Pero en este caso, el tiempo

no ha borrado mi descontento.

jueves, 20 de octubre de 2011

Komada. Autor David Gómez Salas

Al excavar junto al río, encontré nueve piezas de metal con un grabado rústico que decía 24 K. Parecían tabiques de color amarillo. Las limpié y de inmediato imaginé que eran de oro (zlato), brillaban.

No vivo en mi parcela y no deseaba trasportar el oro a casa porque en la carretera al pueblo existían dos retenes: uno de soldados y más adelante otro de policías. Podrían revisar mi morral y quitarme el oro.

Tampoco podía dejarlo enterrado en el mismo sitio, porque la gente va seguido al río.

Así que hice un cajete en medio del terreno, entre las hortalizas, puse los nueve tabiques de oro en tres filas, las cubrí con tierra y encima encajé plantas de ajo. Dejé el oro enterrado en mi parcela y fui a casa.

Al camión de pasajeros que tomé para ir al pueblo, lo detuvieron en los dos retenes y en ambos revisaron mi morral. Por primera vez sentí alegría por tener el morral vacío, así que sonreí cuando lo revisaban.

Concluí que aunque ya era rico, seguiría vistiendo como pobre, para que nadie pensara en robarme.

¿De que me servirá ser rico, si seguiré viviendo como pobre?, me preguntaba. Y me convencía mi mismo: será por mi seguridad.

Decidí evitar que visitaran mi parcela, para cancelar la posibilidad de que fueran a descubrir el oro.

—¿Cómo venderé el oro?—me pregunté. En mi comunidad no hay bancos, solo hay tiendas de abarrotes.

Si viajo hasta el banco de la ciudad regional, cuando les muestre el oro, pensarán que lo robé. Pues notarán que soy campesino (seljak).

Un día fui a la ciudad regional y visité una tienda llamada Mr. Gold , que tiene un letrero que dice: compro oro en joyas y en “pedacería” (komada). Pagaban a 4,125 dinares el gramo de oro de 18 kilates. De 24 kilates casi no hay, me dijo la señorita que atendía, pero si tienes algo de 24 kilates, lo pagamos a 5,500 dinares el gramo.

Al día siguiente llevé una báscula a mi parcela. No pesaban lo mismo todos los lingotes, había diferencias de gramos. En total los nueve lingotes pesaban 173 kilos 790 gramos. Si el oro era de 24 kilates, todo valía más de 955 millones de dinares, 8.9 millones de dólares.

Con marro y cincel, corté una rebanadita en una orilla, más o menos dos gramos y viajé de nuevo a la ciudad regional.

No puedo saber de cuantos kilates es tu oro—dijo la señorita.

Pensaba que traerías un anillo o una cadena rota, que ya tiene grabado de fábrica, los kilates. Solo puedo comprarlo, si lo dejas para que el dueño haga unas pruebas para conocer el “kilataje”.

—¿Cuánto tiempo?—pregunté.

—No sé—contestó de inmediato. Bueno, una semana o más. ¿Lo dejas?

—Dejaré la mitad—contesté. Con una navaja corté la laminilla, más o menos, a la mitad. Pésala por favor, le dije mientras la entregaba.

Pesó 1.1 gramos.

—Bueno, déme un recibo por favor y regresaré el próximo miércoles—le dije.

Me dio el recibo y dijo: hasta el miércoles después de las tres de la tarde, adiós (zbogom).

Fui a otras dos tiendas que compran oro. En una de ellas me dijeron que solo compraban oro en alhajas. En la otra me pidieron que llevara primero una identificación oficial y comprobante de domicilio.

El miércoles siguiente acudí a la tienda Mr. Gold (zlato).

—Dice el patrón que te pagará a 4 mil dinares el gramo—dijo la señorita.

Me dijo que te explicara que te paga solo 3 gramos porque se pierde oro al realizar la prueba y que además te descuenta 2 mil dinares por la prueba del “kilataje”, Así que, aquí tienes 2 mil dinares.

—Está bien—contesté. Te dejaré otro tanto, pésalo por favor. (Pesó 3.1 gramos).

—Te pagarán 10 mil dinares en total, descontando el costo de la prueba—me dijo. Nos vemos el próximo miércoles, añadió al entregarme el recibo.

Los boletos del autobús costaban 600 dinares, así que gastaba 1,200 dinares de ida y vuelta. Por lo tanto necesitaba vender 4.65 gramos para que me quedaran 15 mil dinares (140 dólares), después de descontar la pérdida de oro, el costo de la prueba y los pasajes de autobús.

Era difícil cortar una rebanadita con el peso deseado exacto, lo cortaba con un cincel. Me convenía llevar una sola tira, si llevaba dos me descontaban dos pruebas y dos pérdidas de oro. Cada vez tenía más práctica para cortar tirillas de casi 5 gramos y me sentía con más confianza con Jasna, así se llamaba la señorita que atendía en Mr. Gold.

Había realizado 12 entregas y cuando fui a cobrar esta y realizar la treceava entrega…

— David, ya no vengas; el dueño sospecha de ti—me dijo Jasna. Está pensando en llamar a la policía. Está intrigado sobre el origen de tu oro. ¿De dónde sacará el oro, este campesino? Ha preguntado varias veces

Busqué a Marius un viejo amigo, que tiene casi ochenta años y mantiene gran claridad. Le pedí consejos.

—¿Si encontraras un tesoro, que harías?—pregunté.

—Para cualquier persona es una bendición encontrar un tesoro. Disfrútalo, los riesgos forman parte de la vida—contestó.

Pensé que si Mr. Gold hubiera seguido comprándome 5 gramos cada semana, habría asegurado ingresos por más tiempo del que se puede vivir.

Decidí que podría vender el oro fabricando alhajas, para lo cual necesitaba comprar herramienta y equipo. Necesitaba mudarme a una ciudad que fuera muy grande, para pasar inadvertido y abrir una joyería. Al principio vendería joyas de marca conocidas y después iría vendiendo mis propios productos.

Corté un pedazo grande de oro, aproximadamente medio kilogramo y viajé a la gran ciudad para comprar las herramientas. Salí a las 6 de la tarde, normalmente era un viaje de 4 horas. Arribaría a la gran ciudad a las 10 de la noche.

Pero a las ocho de la noche, empezó a caer una lluvia de proyectiles que explotaban por todas partes, iluminando el cielo y destruyendo la carretera y los vehículos.

El chofer condujo el autobús fuera de la carretera, lo detuvo y gritó: huyan, corran, aléjense de la carretera.

El bombardeo duró hasta las cinco de la mañana, caminamos de regreso dos días. Cuando llegamos todo el pueblo estaba destruido, había tanques y soldados por todas partes.

Intenté ir a mi parcela, pero estaba prohibido ir a los campos de cultivo. Solo nos permitían viajar al sur, a la costa. Debíamos abandonar el país por barco, porque ésta Nación, donde nacimos, ya no era nuestra. Se apropiaron de las casas, negocios, parcelas…de todo. Fuimos expulsados, desterrados por nuestro origen étnico.

Actualmente vivo en México, en la costa de Chiapas, el Soconusco, rodeado de selva exuberante, con grandes tormentas, y gente apasionada. Aquí recuerdo el consejo de mi amigo Marius: “es una bendición encontrar un tesoro. Disfrútalo, los riesgos forman parte de la vida”.

No fue mejor aquella vida, fue aterrador el final. Pero pienso mucho en esa etapa. Me duele aceptar la idea de que ya no existe mi patria natal, la que conocí completa, no en pedazos (komada).

Derechos de autor

David Gómez Salas

México

lunes, 10 de octubre de 2011

Percepción. Autor David Gómez Salas

Eran casi las dos de la mañana cuando llevé en mi auto a mi amigo Juan Manuel, al edificio donde estaba su oficina. En cuanto entró al edificio, arranqué el auto y tomé el celular para avisarle a mi esposa que ya iba a casa.

Veinte Metros más adelante me detuve ante un semáforo en rojo, intempestivamente se abrió la puerta delantera del lado derecho y entró al auto un hombre armado.

—¡Te vas morir hijo de la chingada, sino obedeces!—Gritó.

—¡Me vas a llevar a donde te diga!—Agregó con otro grito.

Con la mano izquierda me sujetó de los cabellos, sacudiéndome la cabeza de un lado a otro; y con la otra mano, puso una pistola en mi sien derecha.

Por instinto de conservación reaccioné moviendo la cabeza en la misma dirección y sentido de los jalones que me daba el agresor, para aparentar estar más ebrio de lo que estaba. Pensé que así el asaltante me golpearía menos para someterme.

El asaltante parecía sorprendido al ver que podía sacudirme la cabeza con mucha facilidad. Sentí que me observaba para descubrir si realmente venía muy ebrio o estaba fingiendo.

Me mantuve en silencio y con la mirada al frente, para que el asaltante tuviera la seguridad de que él tenía la situación controlada por completo. Necesitaba que se sintiera dominador y dejara de golpearme.

—Te llevaré a donde quieras, dime a donde quieres ir—Le dije. Sin dirigirle la mirada.

El delincuente se acomodó en el asiento, se enderezó y levantó el pecho. Se veía más alto. Mantuvo la pistola apuntándome, pegada a mi cabeza.

—Vete por toda la Avenida Xola—Ordenó. Y agregó: al llegar a la Calzada de Tlalpan, te vas a la derecha hasta llegar a la Estación del Metro General Anaya, por ahí te diré más.

Contaba, más o menos, con cinco kilómetros para salir del problema, siempre y cuando fuera cierto lo que había dicho. Podía suceder que me quitara el auto antes de recorrer esa distancia, pero por la forma directa y concisa en que lo expresó, parecía haber dicho la verdad.

Primero consideré estrellar el auto contra un poste o una casa. Pero no parecía ser una solución, pues el maleante podría pegarme un tiro y huir, sin que alguien lo viera. No habría testigos, porque no había peatones y pasaban muy pocos autos.

Lo mejor era chocar contra otro automóvil, para que quedaran testigos de mi muerte. Y con muchísima suerte, quizás hasta tendría la oportunidad de salir del auto, después del impacto, y correr.

Deseaba complicarle la situación al asaltante, al llegar a la Calzada de Tlalpan, porque ahí circulan más carros que en la Avenida Xola.

—Vas a ir despacio por el carril de la derecha—Me ordenó, el maldito.

Por ese carril de baja velocidad, no era posible alcanzar a otro automóvil. Tampoco podía girar el auto a la izquierda para chocar con otro que pasara a alta velocidad, porque el impacto sería de mi lado. Debía chocar el auto por el costado derecho, de su lado. En último caso de frente.

Seguimos por el carril de baja velocidad y no tuve la suerte de encontrar un automóvil que circulara más lento, para embestirlo.

Al llegar a la esquina de Avenida Xola con Calzada de Tlalpan, sus insultos y golpes arreciaron. Creí que el tipo me iba a ordenar tomar una de las calles de esa zona, para quitarme el auto y darme un tiro. Es una zona casi sin alumbrado público, muy oscura.

Pensé que debía haberme arriesgado antes, porque quizás ya se estaba terminando mi tiempo.

Afortunadamente el delincuente no me ordenó ir por esas calles negras. Tomamos la Calzada de Tlalpan; siguiendo la ruta que él había dicho. Aquí los golpes se hicieron menos frecuentes e ignoré siempre sus insultos.

Pensaba infinidad de cosas, ya que además de cavilar sobre como librarme del asaltante, me lamentaba por haber tomado varios tragos y no estar en plenitud para reaccionar lo mejor posible. También lamentaba no haber puesto el seguro a la puerta, cuando mi amigo bajó del auto.

Pensaba en mi esposa y en mis hijas. Recordaba que cuando regresaba muy noche a casa, le decía a mi mujer que sabía cuidarme para que no se preocupara. Y ahora, si salía vivo, con que cara podría verla, sin recordar mi presunción. También le decía: “no te preocupes, la mala hierba nunca muere” y otras tonterías.

Seguimos por la Calzada de Tlalpan hacia el sur, por el carril de baja velocidad. Dos o tres autos me rebasaron por la izquierda, pero por el carril de máxima velocidad. La Calzada de Tlalpan tiene cuatro carriles en cada dirección. Pasaban muy separado de mí y a gran velocidad, fácilmente me matarían al atravesarme en su camino.

Después de un largo recorrido encontré una patrulla estacionada, justo una cuadra antes de llegar a la Estación del Metro General Anaya. Avancé para impactarla, era mi única oportunidad, aunque fuera la policía.

El asaltante me había dicho que por ahí daríamos vuelta a la derecha y yo recordaba que esas calles están siempre vacías después de las once de la noche. A esa hora con más razón.

Imaginaba que nos estacionaríamos en una calle oscura, que me obligaría a bajarme del auto, me pegaría un balazo y se llevaría el carro. Me figuraba que los vecinos encenderían las luces de sus casas, llamarían a la policía y bajaría hasta que estuvieran seguros de que ya no había peligro.

Estaba obligado a jugarme la vida en esa oportunidad. Estrellarme contra la patrulla. Pero…

—¡Si das claxonazo, te vas!—dijo, el maleante. Apretó la pistola contra mi cabeza y escuche un “click”, que interpreté había preparado la pistola para disparar.

Decidí no chocar contra la patrulla, se podría disparar la pistola al momento de la colisión. No sé porque pero frené con suavidad y detuve el auto justo al lado izquierdo de la patrulla, y sin hacer movimientos bruscos toque el claxon lo más breve posible.

Él malhechor tenía que decidir si disparaba o no, frente a la policía.

El tipo no disparó, bajó el arma y la escondió bajo su chamarra, dando la espalda a la patrulla se bajó del automóvil con agilidad y sin perder el estilo. Cerró la puerta sin golpearla y se paró frente a la ventanilla dando de nuevo la espalda a la patrulla.

El delincuente obstruía con su cuerpo la ventanilla, así que me incliné lentamente sobre el volante para poder ver la patrulla. Había dos policías.

El malhechor simuló ser un amigo al que yo le había dado un aventón a ese punto. Levantó la mano derecha para decirme adiós en forma breve, pasó por atrás de la patrulla, se subió a la banqueta y se fue caminado con tranquilidad. No supe más, me fui a casa.

El delincuente no me quitó la cartera, ni el auto, ni me llevó a un cajero automático, ni me causo heridas graves. Salí con vida.

Nada dije a los policías de la patrulla, ni siquiera intenté ver su rostro de nuevo, no confío en ellos. Desde estudiante me provocan mucho temor.

Me dijo un amigo extraterrestre: Yo no lo hubiese dejado ir así: "caminando con tranquilidad" sobretodo ya libre del cañón de esa pistola y teniendo a mano toda esa patrulla policial.

Y contesté: Me da gusto que tu percepción sea diferente a la mía. Pienso que por aquí, son peores los de uniforme…

viernes, 8 de julio de 2011

Tiro de gracia. Autor David Gómez Salas

Tiro de gracia. Autor David Gómez Salas

Una noche arribó un automóvil rojo al terreno que colinda con mi huerto. Entró por una parcela abandonada sin cerca al frente, el acceso estaba libre. El automóvil avanzó hacia donde me encontraba y se estacionó en el límite con mi terreno, muy cerca de mí.

Descendió del automóvil, una pareja de enamorados que se abrazaban y besaban. Con rapidez pusieron sobre el suelo una colcha y empezaron hacer el amor frente a mí.

Me retiraba silenciosamente del lugar, cuando el hombre gritó: ¡Quien anda ahí!

—Estoy en mi huerto—Contesté. Seguí caminando para alejarme del lugar y escuché disparos y sentí al mismo tiempo un balazo en mi brazo izquierdo. Corrí al río, es un cauce seco con algunos árboles de mezquite y maleza que crece en el desierto.

Corrí sin detenerme a lo largo del cauce hasta llegar a su cruce con la carretera. Antes de subir a la carretera, revisé mi brazo y me dí cuenta que mi herida era solo un rozón. Sin embargo supuse que por la sangre sería difícil que alguien se atreviera ayudarme y llevarme en su automóvil. Así que decidí seguir caminando por el cauce hasta llegar a las vías del tren y caminé a la ciudad por esa ruta. Era más segura, por ahí mi agresor no podría seguirme en automóvil, no hay forma.

Llegué a casa después de la medianoche, todos dormían. Me bañé y lavé mi herida con detergente, después le puse mercurocromo. Con gasa, presioné ligeramente la herida con mi mano derecha hasta que dejó de sangrar y la herida quedó seca externamente. Coloqué gasa limpia sobre la herida y la fijé con tela adhesiva. Me acosté del lado derecho con el brazo izquierdo arriba y sin moverme.

Al día siguiente, al mediodía, pasé en automóvil frente a mi huerto para observar si había alguien vigilando. Me di cuenta que 50 metros adelante, estaba un carro color gris plata estacionado del otro lado del camino, en sentido contrario al mío. No me detuve, seguí hasta el final del camino, es un tramo cerrado que comunica a varios terrenos con una carretera. Cuando llegué al final del camino di vuelta en “U “. Pasé de nuevo frente al auto estacionado y me di cuenta que en su interior, había una mujer.

El mismo día, a las 5 de la tarde di otra vuelta. Permanecía el carro estacionado con una mujer en su interior. Parecía ser una mujer distinta a la que había visto en la mañana. No estaba seguro, porque al pasar frente al carro, no volteaba descaradamente a verlo, simulaba llevar la vista al frente y voltear brevemente como con cualquier auto.

Pasaron 15 días en que no pude regar mis árboles y el sol los estaba matando. Son árboles jóvenes con raíces aún poco profundas. Así que al dieciseisavo fui al huerto a regar. Para que el agua se infiltre a través del suelo debo regar de tarde noche. De día el agua se evapora muy rápido y no se aprovecha. Mi terreno es arcilloso, sin arena, poco poroso.

Al llegar al huerto, de inmediato vi que estaba el carro gris plateado en el sitio de siempre, lo ignoré. Me estacioné frente al portón, lo abrí, metí mi auto, cerré el portón y me dirigí a mi auto para ir al fondo del terreno. Pero en ese momento el carro gris plata ya estaba frente a mi terreno y como la cerca es de malla ciclónica, la mujer que bajó del auto y yo, podíamos vernos. No podía fingir que no la había visto.

—¡Señor, señor!—Gritó.

Me aproximé a ella, para escucharla. Era una mujer muy joven, delgada, morena, rostro delicado, ojos negros grandes, cejas pobladas y nariz pequeña. Cabello lacio sujetado hacia atrás.

—Necesitamos platicar—Me dijo. No tenga miedo, no le vamos hacer nada. Usted no rajó, no fue a la policía. Mi novio y yo, queremos darle un regalo de agradecimiento.

—Nada hay que agradecer—Le dije.

—Solo queremos platicar, no tenga miedo—Insistió. Suba a mi carro lo llevaré. Usted es un hombre fuerte, yo soy solo una mujer de 18 años ¿Me tiene miedo?

—Necesito darle agua a las plantas, se están secando—Contesté. No me deben nada, me urge regar.

—Espere, voy a llamar por teléfono, a ver que me dicen—Contestó.

Se retiró un poco e hizo la llamada atrás de su coche. Solo habló un minuto y regresó al portón y dijo: Está bien, póngase a regar, pero estamos entrados, rechazó mi invitación.

Caminó a su auto y dijo: espere, quiero enseñarle algo. Llegó al auto, abrió la cajuela y sacó una metralleta. ¿Ve este juguete? Si lo quisiera chingar, lo hubiera chingado, aunque se echara a correr.

Guardó el arma en la cajuela, subió al auto, dio marcha al motor y volteó a verme por la ventanilla. Sonrió y me dijo: nos veremos pronto y la próxima vez no me digas no. Se fue.

Ese día, terminé de regar como a las once de la noche. He aprendido a disfrutar el cielo estrellado del semidesierto, y he aprendido a amar la nobleza de su escasa vegetación. Me gusta estar a oscuras y mis ojos se acostumbran a ver con la tenue luz de la luna, aún cuando no haya luna llena. Así que decidí que a partir de ese día iría a mi huerto solo de noche. Me sentía más seguro, pero no perdía el miedo de que llegaran a visitarme.

Pasaron más de tres meses y cuando ya sentía que no los volvería a ver, apareció la mujer. Arribó a las 9 de la noche, se estacionó fuera de mi huerto. Nos vimos de inmediato, yo estaba abriendo una válvula que se encuentra cerca del camino. Bajó de su auto y me dijo: Buenas noches, mi buen.

—Buenas noches—Contesté. Tenía miedo, aunque ella tuviera 18 años y se viera sin maldad.

—Ábreme quiero platicar contigo—Dijo. No tengas miedo, no te voy hacer nada ¿Estás armado, güey?

—No—contesté. Y abrí el portón.

Pasó al huerto y me dijo: Mataron a mi novio, a mis papás, a mis carnales y a mis amigos. Al final solo quedamos vivos tres y éramos un chingo. Los tres que quedamos vivos, nos despedimos y cada quien jaló por su cuenta, sin saber de los otros, para que en caso que lo agarren, vuele solo.

Vine porque tú eres uno de lo pocos que no me eché ¿Me entiendes?

Me respetaban por mis ovarios bien puestos ¿Me entiendes?

Nunca me temblaron las manos, ni las piernas, ni nada ¿Me entiendes?

Así que pensé, me voy a echar aquel pinche campesino y vine.

Pero ya te dije que no te voy hacer nada y siempre cumplo mi palabra.

Déjame ver tu brazo. No te pasó nada y te disparó muy cerca por la espalda. A esa pinche distancia, yo te hubiera dado en la cabeza, la espalda, donde quisiera. Pero “El Culi” falló. Así le decían mi novio porque él a todos les decía culeros.

Pienso que a partir de esa noche empezó su racha de mala suerte. Por dejarte vivo. Los muertos nunca dan problemas, ni traen mala suerte. Perdí la cuenta de los he matado sin problemas. Pensé que debía darte cuello para terminar mi raja de mala suerte y vengar a “El Culi”.

Mientras yo regaba, ella caminaba a mi lado y a través de ella, habló el diablo. Platicó, casi sin interrupción, cerca de dos horas. Después me dijo: “El Culi” ya está muerto, como mis papás. Así que si voy a cumplirle a un muerto, que sea a mi mamá y no al güey del Culi.

Sacó debajo de la chamarra una pistola, la puso en mi cabeza y me dijo: si quieres vivir acuéstate en el suelo y repite lo yo diga.

—Doña Marisol, perdone a su hija, así como ella me perdonó—Dijo.

—Doña Marisol, perdone a su hija, así como ella me perdonó—Repetí.

—Ya la hiciste, pinche campesino—Dijo. Puso la pistola en mi nariz, desabotonó su blusa y, con una leve sonrisa, me preguntó:

¿Te gusta mi cuerpo, güey?

—Si

¿Has estado con una hembra como yo?

—No

Pues te la vas a perder, dijo. Guardó su pistola y se fue.

viernes, 27 de mayo de 2011

Amnesia. Autor David Gómez Salas

Amnesia

Autor David Gómez Salas

Señorita no recuerdo quien soy. No recuerdo mi nombre, ni edad, ni siquiera sé donde vivo. Estoy diciendo la verdad, estoy perdido.

—No vivo en esta ciudad, no lo puedo ayudar. Pregunte a una persona, que sea de este lugar.

Señora no recuerdo quien soy. No recuerdo mi nombre, ni edad, ni siquiera sé donde vivo. Estoy diciendo la verdad, estoy perdido.

—Sé donde vives primor, irás a casa conmigo. Te he estado buscando ¡Por fin encontré a mi marido!

No se ofenda señora la veo muy grandecita. Y calculando edades, podría ser mi abuelita.

—Vamos a casa mi rey, allá te bañaré. Y para curar tu amnesia, mi cuerpo, te entregaré.

En su casa, con prisa, me quitó la camisa. Estaba desesperado, me sentía atrapado.

—Para bañarte, dijo: te voy a desnudar. Y para no mojar mi ropa, también me la voy a quitar.

Se me ocurrió hacerle cosquillas en sus peludas axilas y también en las costillas.

Tanta risa le dio, que la vieja se orinó. Y para que me detuviera, dejarme ir prometió.

Fuera de su casa, grité: ¡Ya sé quien soy! ¡Adiós doctora, ya todo lo recordé!

lunes, 9 de mayo de 2011

La cena. Autor David Gómez Salas

—Me enteré que ayer pagaron su cena con el dinero recolectado para apoyar el movimiento estudiantil—dijo Perico. Como integrante del Comité de Lucha les digo que no estoy de acuerdo.

—¿Recolectado? ¿Así en abstracto?—Le pregunté.

Lo recolectamos nosotros tres, los que cenamos enfaticé. En total colectamos trescientos sesenta y siete pesos y únicamente gastamos en la cena quince pesos. Comimos tres tacos y un refresco cada uno. Lo platicamos con todos, no ocultamos nada.

Nos pasamos en la calle y los camiones desde el mediodía hasta las ocho de la noche repartiendo volantes, explicando porque luchamos, y pidiendo que nos apoyen.

—Ellos se han quedado a cuidar la escuela muchas noches y siempre pagan su cena, con sus propios recursos—Dijo el maestro Terán. Lo de anoche fue una excepción, yo pagaré lo que gastaron y pagaré la cena de hoy.

—Gracias maestro pero hoy no nos quedaremos—contesté. Necesitamos ir a nuestras casas. Imagino que Perico y sus amigos se quedarán hasta mañana. Ya van a dar las diez de la noche. Que les sea leve, no se duerman. Regresamos mañana, nos vemos en la asamblea.

Así que después de cuidar la escuela por más de treinta noches, le dejamos a Perico y sus amigos, esa responsabilidad.

Esa noche el ejército entró a la universidad y apresó a quienes estaban adentro. Detuvieron a muchos estudiantes en otras Facultades, en la nuestra a nadie. Así fue como me enteré que no se habían quedado Perico y sus amigos.

Desde el principio de nuestra lucha pedíamos la libertad de los presos políticos, ahora lo exigíamos con más ganas.

También pedíamos la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal. Que consideraba delito de disolución social cualquier reunión con fines políticos. Aún cuando la reunión fuera pacífica, con pocas personas y se celebrara en una fábrica, escuela o casa particular. Bastaba que se calificara que el propósito de la reunión era conspirar contra el gobierno, las instituciones. Y al bote (la cárcel).

Nos sentíamos en una sociedad sin libertad, pedíamos la desaparición del cuerpo de Granaderos, la destitución de los jefes policíacos que ordenaron la agresión a los estudiantes y también pedíamos que el gobierno pagara indemnizaciones a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto.

Pues nos dieron más palos, ahora el ejército había tomado posesión de la universidad. Había más presos políticos, más desaparecidos, más represión, y tenían más poder la policía y el ejército.

Nosotros protegíamos la escuela armados con piedras y palos, para que no la asaltaran los porros, pero nada hubiéramos podido hacer contra el ejército. Así que gracias, muchas gracias Perico.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Tristes recuerdos. Autor David Gómez Salas

Al morir su madre dijo a sus hermanas:

nos repartiremos la joyas, mañana.

Me figuré un desagradable festín

para repartirse el botín.


No las imaginé con dos brazos,

las pensé con seis tentáculos.

Y dije, no deseo ver

ese triste espectáculo.


—No lo veo así, contestó.

Así no piensan los cuerdos.

El oro, las perlas y gemas;

serán mis tristes recuerdos.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Cristiano alevoso Autor David Gómez Salas

En la arena del circo romano

estaban: un violento león

y un torturado cristiano.


El león cuidado y sano.

Maltratado y débil, el cristiano.


Al cristiano lo enterraron

sin compasión, ni pena.

Solo su cabeza

quedó fuera de la arena.


El león que estaba libre

y super sano,

se lanzó sobre la cabeza

del cristiano.


Este movió el cuello,

esquivó el ataque;

y arrancó un testículo

al león, con un mordisco.


El público protestó

que moviera el cuello.

Con llantos reclamó,

tal atropello...


Historias callejeras

David Gómez Salas

sábado, 8 de enero de 2011

Hombres del mar. Autor David Gómez Salas

Hombres del mar

Dedicado a la Bahía de San Blás

Autor David Gómez Salas

La prisión

Las islas Marías son cuatro islas localizadas en el océano Pacífico a 112 kilómetros de las costas del Estado de Nayarit, México.

La mayor de las islas, María Madre, tiene una superficie de 145 kilómetros cuadrados y ahí se encuentra el Penal Federal de Islas Marías desde el año 1905. Las otras islas: María Magdalena, María Cleofas y San Juanito, son más pequeñas.

Está prohibido acercarse a menos de 12 millas náuticas de la Isla María Madre. Está vigilada por la infantería de Marina.

Para desmoralizar a los reos, les decían que las aguas estaban infestadas de tiburones que los atacarían si se alejaban a nado de la isla. Sin embargo los que pescábamos en esta zona sabíamos que ya no existían muchos tiburones, porque habíamos pescado en exceso. Vendíamos la aleta seca a 70 dólares el kilo.

Mi tesoro: mi barco

De San Blás a la Isla María Madre hay una distancia, en línea recta, de 114 kilómetros (72 millas náuticas). Esta distancia la podría navegar en cuatro horas, a una velocidad 18 nudos, que es la máxima que desarrolla mi lancha. Normalmente hacía el recorrido en 5 horas.

Es fácil acercarse a la isla y retirarse pronto, sin ser descubiertos. Cualquier pescador puede ir de noche a la Isla María Madre y regresar a San Blás, utilizando una brújula. Ahora con los GPS es más fácil navegar de noche, en la Isla María Madre se atraca en las coordenadas: Norte 21º 34’ 00” - Oeste 106º 29’ 35” y en San Blás en las coordenadas: Norte 21º 31’ 33” - Oeste 105º 17’ 12”.

La libertad se podía obtener, con una lancha.

Mi Dios: la libertad

Al penal de las islas María eran llevados los reos más peligrosos y los siempre negados presos políticos.

En los años setenta, llegaron a la isla reos de baja peligrosidad bajo un sistema de libertad reglamentada, que incluía la convivencia familiar, un sistema que permitía la readaptación social de los presos. Cuando alguno de estos reos se separaba de su mujer, no soportaba ver a su ex esposa en brazos de otro hombre, menos si había sido un custodio el que enamoró a su mujer. El reo solicitaba su reubicación y al no conseguirla, únicamente le quedaba fugarse de la isla.

Las autoridades no buscaban a los prófugos con mucho esmero, a muy pocos reaprendieron. Escuché que del año 1985 al año 2001 escaparon en total 70 presos y solo capturaron a cuatro.

Mi ley: la fuerza y el viento

Los presos pasaban lista tres veces al día, desde las cinco de la madrugada hasta las ocho de la noche. A partir de las nueve y media de la noche hay toque de queda y desde ese momento se tiene el resto de la noche para escapar. Las once de la noche era el mejor horario.

El prófugo requiere fuerza para arrastrarse hasta la playa y para nadar hasta el punto donde lo recogía una lancha.

Ya en el mar, el prófugo sabía que en cuanto vieran a una lancha patrulla, él se arrojaría al mar con un salvavidas negro y la lancha de escape continuaría el viaje, la intención era que la lancha fuera interceptada lejos del prófugo. El fugitivo permanecería en el mar varias horas hasta que otra lancha pasara a recogerlo.

Por la posibilidad de permanecer horas en el agua, no era recomendable fugarse en invierno.

Mi patria: el mar

La costa del Estado de Nayarit es benevolente, proporciona todo para vivir, solo hay que tomarlo. Por eso varios reos que escaparon del penal de las Islas Marías, no huyeron lejos, se quedaron en esta región. Demostraron sin proponérselo que el sistema de rehabilitación social del penal, funcionaba. Muchos presos no se fugaron para delinquir nuevamente, ellos solo buscaron una nueva oportunidad de vivir en libertad, y lo lograron. Se convirtieron en ciudadanos nuevos, reformados por el mar.

Los que pasamos mucho tiempo en el mar, aprendemos a ser pacientes, perseverantes y solidarios. El mar es nuestra patria y los que estamos ahí tenemos la misma nacionalidad.

martes, 30 de noviembre de 2010

El número UNO. Autor David Gómez Salas

Una vez el número uno

en un enorme espejo se vio.

Y al pensar que no era único,

su ego lo entristeció.


El espejo era mágico

y enseguida reaccionó.

Le mostró al número Uno

la imagen del número Dos.


El Uno, con soberbia,

al número Dos criticó.

Dijo: está muy retorcido,

no está recto como yo.


Así, el menor de los enteros

concluyó ser el mejor.

Ignorando que cada símbolo

representa un valor.

martes, 7 de septiembre de 2010

La serpiente. Autor David Gómez Salas

La serpiente
Autor David Gómez Salas

Al abrir los ojos, lo primero que vi frente a mi, fue una serpiente con la cabeza levantada del suelo. Me había quedado dormido en mi huerto, sentado en una silla, a un lado de las plantas de tomate. Desperté oportunamente, apenas tuve tiempo de aventarme para atrás, de espalda, para esquivar la mordida de la serpiente. La víbora solo alcanzó morder una pata de la silla derribada.

Me incorporé de inmediato y corrí a buscar el azadón o algo para matarla, nada había cerca. Guardaba las herramientas en una bodega ubicada a 30 metros de distancia. Cuando regresé con el azadón la víbora ya no estaba.

Antes ya me había encontrado con esa serpiente varias veces. Una vez me siguió a distancia dentro del invernadero. Otra vez la encontré bajo un árbol de aguacate, cuando estaba desyerbando. En fin la vi varias veces. Un día encontré en la arena, su vieja piel, la cambió en la orilla del invernadero.

No la mates, me dijo Francisco, cuando le conté sobre esos encuentros. Quizás sea un Alicante, no atacan al humano; se alimentan de roedores. Es probable que se haya sentido atacada por tus movimientos bruscos, y por eso te atacó. Yo no las mato en mi rancho, nunca me han atacado.

Otro día caminaba de la bodega al pozo, esta vez con el azadón en la mano y me encuentro otra vez una serpiente de casi dos metros de largo. Seguí mi camino al pozo, pensé que no debía de matarla, que era inofensiva. Pero por curiosidad regresé a observarla.

Hace muchos años un herpetólogo me había comentado que las víboras son serpientes con colmillos largos y puntiagudos, que en ocasiones los enseñan para asustar al posible atacante. Las serpientes con cabeza triangular son venenosas, me dijo.

Bueno, me acerqué a la serpiente y me detuve a tres metros de distancia, ella me observó levantó la parte superior de su cuerpo, con la cabeza en alto, a 30 centímetros de altura, me miraba fijamente sacando varias veces su lengua con dos puntas.

Por miedo, decidí matarla, pero la serpiente había preparado la parte posterior de su cuerpo para atacar. Así que debía acercarme con cuidado y estar alerta para esquivar su mordida, en caso que ella atacara primero. Total, con un azadón que mide un metro de largo, me dispuse a matarla.

Me aproximé a la víbora y levanté el azadón alto, abaniqué de derecha a izquierda, la serpiente eludió el golpe con un movimiento hacia atrás; inmediatamente regresé el golpe ahora de izquierda a derecha, y lo eludió de la misma forma. Resbalé porque el suelo estaba mojado y caí al piso, a menos de un metro de ella.

Con toda la adrenalina en mi cuerpo, me incorporé de inmediato, pensando que la tendría encima. Sin embargo, la serpiente huyó y todavía alcancé a lanzarle el azadón y pegarle en la cola. La serpiente furiosa mordió en palo del azadón y se fue rumbo al río.
A partir de ese día presentí que esa serpiente tarde o temprano me mataría. Era su territorio antes de que yo llegara a cultivarlo.
Imagino que por eso, posteriormente la víbora me había atacado aquella tarde que me quedé dormido junto al tomate.
Por fin otra tarde decidí buscar a la serpiente y terminar con su amenaza. Mi amigo el biólogo Rubén, me había platicado cuando caminábamos en la montaña del Ajusco, que a las serpientes les gustaba esconderse entre la hierba alta y seca. La busqué alrededor de un transformador y unas bombas de riego, donde se me dificulta podar y en época de lluvias crece un tipo de pasto largo, como enredadera. Veo que ahí se guardan arañas y ratas. Estas últimas alimento de las serpientes.
Me puse guantes y botines, y comencé a arrancar el pasto a jalones. No hay espacio para cortarlo con machete o con la desbrozadora de hilo. Además hay tubos de PVC y cables conductores de energía eléctrica que no deben dañarse. Así que con las manos quite los montones de pasto con fuerza y cortando cuidadosamente el pasto con una navaja, cuando no se arrancaba con los jalones. Poco a poco empecé a ver el fondo.
Cuando encontré dos arañas venenosas llamadas capulinas (son arañas negras, que tienen en la panza la figura de un reloj de arena, color rojo naranja), supe que era probable que ahí estuviera la serpiente, porque las alimañas se juntan. Es una ley de la naturaleza.
Y ahí estaba, escuché su cascabel (srsrsr, srsrsr) advirtiéndome que me alejara. No esperé nada, de inmediato, antes que se desenrollara la golpeé muchas veces en la cabeza con la punta de un palo, ya moribunda la llevé a golpes a un área más amplia y ahí la golpeé con una pala.
Esa tarde noche del miércoles dejé la víbora muerta en mi terreno y me fui a casa. El viernes en la mañana cuando regresé al huerto, la peste era insoportable, le eché cal y el sol hizo el resto. Bendito sol deshidratador.

viernes, 23 de julio de 2010

Decisión. Autor: David Gómez Salas

Decisión
Autor: David Gómez Salas

Los candidatos están sonrientes
Y después de las elecciones
Serán otra vez, prepotentes

Los candidatos dicen ser honrados
Y después de las elecciones
Serán otra vez, “abusados”

Vaya decisión, don Juan
Si por cualquiera que vote
Votaré a favor de un truhán

Me tengo que conformar, Leonor
Con votar por el menos transa
Para tener la esperanza
De impedir el triunfo al peor

Promesas. Autor David Gómez Salas

Promesas
Autor David Gómez Salas

Prometen nuestros políticos
Que en las escuelas primarias
Enseñarán español e inglés

Son trampas centenarias
Cinismo y desfachatez
Ya lo verás otra vez

Aprobarán un gran presupuesto
Y una vez dispuesto
Con el dinero gastado
Dirán los medios de comunicación
Que hubo el avance anhelado
En cultura y educación

Pero pienso que estos malvados
Evalúan resultados
En función del peculado

Noticia. Autor David Gómez Salas

Noticia
Autor David Gómez Salas

Leí en un periódico local
Que en educación elemental
A los niños les darán dos lenguas
Y por eso, mi inquietud no mengua

Si con una lengua, los infantes
Dejan de ser elegantes
Con dos lenguas, les aseguro
La vida será un apuro
Habrá el doble de gritos
Y el ruido será inaudito

Ante niños tan evolucionados
Habrá que ser precavidos
Acercarse a ellos, con cuidado
Y con los oídos tapados

Pero como dijo el vocero
(Que sin querer, hacía bromas)
Lo que el periódico quiso decir
Es que enseñarán dos idiomas

Vaya guasa de Martín
El reportero balín
Que imagino, sin malicia
Redactó mal la noticia

martes, 22 de junio de 2010

La piedra de Huixtla. Autor David Gómez Salas


¿Qué vamos hacer?, me preguntó Eva

No sé, contesté el día que habíamos encontrado tres cofres llenos con piezas de oro. Cada pieza era una maravilla y todas eran diferentes. Eran de oro puro proveniente de Perú.

Era el oro que tres años antes el cacique Comagre.de Panamá, había entregado a trescientos aventureros españoles que mantenían aterrorizada a la población. Les ofreció aquella fortuna a cambio de que abandonarán sus territorios y no se robarán ninguna mujer. Los aventureros aceptaron aquel trato y huyeron rumbo al norte.

Aproximadamente un año después los aventureros españoles arribaron a nuestro territorio, un hermoso sitio que hoy se llama Huixtla. Aquí establecieron su nueva residencia.

Los aventureros españoles eran despiadados y fieros para el combate, por eso los indios huimos a los pantanos, les dejamos las mejores tierras, los ríos más limpios, lo mejor. Pero no se conformaron, vinieron también a la costa, querían todo.

Después de dos largos años, por fin nos organizamos para hacerles frente, cuando ya teníamos preparadas las trampas en todo el pantano y aguardábamos sus ataques; estos, no sucedieron.

Ya quedan pocos, nos dijeron los exploradores a su regreso. Los que quedan vivos están débiles, amarillos y huesudos. Se están muriendo solos.

Los dioses los trajeron, los dioses se los llevaron. Las enfermedades, las plantas malas, los moscos, arañas, serpientes, gatos salvajes y todos los seres vivos de la selva y pantanos, los derrotaron.

La tierra hizo lo que no hicimos nosotros, así que dimos el oro a la tierra. Cargamos el oro hasta el pantano y ahí lo enterramos.

En la parte alta del cerro grande hicimos una pila enorme de piedras en honor de los dioses, en donde quemamos los cuerpos de los malvados con el fuego divino. El calor fundió las piedras, formando una sola, de 120 metros de alto y 600 metros de lado a lado en la parte baja.

jueves, 27 de mayo de 2010

Justicia por cuenta propia. Autor David Gómez Salas

Una noche, a aproximadamente a las 20.30 horas, caminaba con un amigo por un Centro Comercial, cuando nos llama la atención ver un niño que estaba lastimado y presentaba un chichón ó chipote en la frente y algunas cortadas leves en las manos; el niño era atendido por un policía que labora en el Centro Comercial.

Nos acercamos al niño para intentar ayudar, y preguntamos sí ya habían llamado algún doctor para que atendiera al niño, el policía nos informó que el niño solo sufrió un golpe en la frente y cortadas muy pequeñas en las manos, debido a que intentó salir corriendo por la puerta de una tienda departamental y no se dio cuenta que ya había sido cerrada minutos antes. Las puertas son de vidrio y no tienen letrero alguno para resaltar su presencia, por lo que el niño creyó que la puerta estaba abierta y cruzó el sitio, estrellándose en el vidrio. Afortunadamente el niño no había sufrido cortadas graves y además lo llevarían a la Cruz Roja, que se localiza aproximadamente a 150 metros de distancia.

El niño acudió al Centro Comercial acompañando a un amigo y a los padres de su amigo. No recordaba el teléfono de su casa y no habían podido llamar a sus padres, por lo que decidieron que primero acudirían a la cruz roja y después los padres de su amigo lo llevarían a su casa. Al iniciar su caminata a la Cruz Roja, el niño toma su bicicleta, que estaba fuera de la tienda; cuando un empleado de la tienda departamental decide quitarle la bicicleta para que quede en prenda por el vidrio roto. Pues bajo su punto de vista el niño debía pagar la puerta.

Mi amigo interviene y explica que nadie puede hacerse justicia por sí mismo y por lo tanto no puede quitarle la bicicleta al niño, también explica que ya han tomado los datos del niño para localizarlo cuando deseen, y que en esos momentos lo más importante en llevar al niño ante un médico para que sea revisado. El empleado de la tienda Departamental, no acepta la explicación e insiste en quedarse con la bicicleta, por lo que discuten algunos minutos hasta lograr la devolución de la bicicleta a su dueño (el niño).

Después de observar que el niño finalmente será llevado a atención médica, mi amigo regresa a platicar con el empleado de la tienda departamental y le pregunta porque razón las puertas de vidrio no tienen algún letrero para resaltar su presencia cuando están cerradas, y el empleado contestan que generalmente sí lo tienen, pero ese día habían lavado la puerta y no había letrero.

Este incidente me lleva a la reflexión sobre la tendencia de muchas personas a hacerse justicia por cuenta propia. En el caso aquí relatado, el empleado de la tienda departamental, había juzgado y sentenciado que el niño debía pagar la puerta rota y que su bicicleta debía ser decomisada por él mismo. Simplemente se había constituido en parte acusadora y en juez.

Ignoro como será el desenlace de la historia anterior: 1. Sí los padres del niño pagarán la puerta; 2. Sí la tienda departamental pagará al niño los daños; o 3. Sí cada uno pagará sus gastos del accidente. Imagino que eso lo debe decidir un juez

Recuerdo mis clases de ética, específicamente la cita de Kant que decía: “Obra de tal manera, que desees que el principio que te conduce a actuar de esa manera, se convierta en principio de observancia universal”. Es decir, si una persona puede hacerse justicia por su propia cuenta, todos podríamos hacer lo mismo. Todos podríamos constituirnos en parte acusadora y en juez, así de simple.

En el campo de la ética, destaca la diferencia de conductas entre mi amigo y el empleado de la tienda departamental. El primero estaba preocupado en el bienestar del niño; el segundo estaba preocupado por el pago del vidrio roto.

No se puede saber sí el empleado de la tienda departamental estaba actuando por iniciativa propia o estaba siguiendo reglas establecidas por la tienda departamental que lo contrató. De manera frecuente me quedo con dudas, cuando veo la actuación de aquellos que deciden hacerse justicia por cuenta propia: ¿lo harán porque están acostumbrados a imponer por la fuerza su punto de vista? ¿Desean agradar a sus jefes, cuidando sus intereses económicos en cualquier forma? ¿En situaciones no cotidianas, tienen momentos de confusión y toman decisiones equivocadas? No tengo interés es aclarar este tipo de dudas, pues a nada conduce.

Todos somos diferentes y a todos debemos respetar. Es una reacción espontánea el respetar a quienes estimamos, y nos produce gran satisfacción respetar a quienes piensan o actúan diferente a nosotros, porque nos dan la oportunidad de desarrollar mayor capacidad de amar. No podemos intentar aplicar la justicia por cuenta propia, hay leyes y procedimientos para definir lo que la sociedad en su conjunto considera justo.

Un día antes, el primero de septiembre, había escuchado el Informe Presidencial y reflexionaba sobre el ambiente político de los últimos 16 años y del ambiente político de 1968, en que observo un común denominador: la intolerancia.

Imagine lector al Presidente de la República y sus Secretarios, respetuosos con los líderes de la oposición; e imagine a la oposición respetuosa con el gobierno al hacer sus reclamos y defender sus ideales. Aún más, imagine a nuestros Diputados con más argumentos y mayor respeto al defender sus puntos de vista; imagine a los partidos políticos presentando diferentes proyectos de desarrollo; etc. Imagine sí la tolerancia que pregonan los políticos fuera realidad; Imagine que funcionarios y políticos no actuaran frecuentemente como parte acusadora y jueces de sus adversarios políticos. Imagine que ya no escucháramos sus autoevaluaciones, en donde manifiestan grandes avances, porque son juez y parte.

Ojalá disminuya la tendencia de muchas personas a hacerse justicia por cuenta propia y ojalá nuestras instituciones encargadas de impartir la justicia sean cada día más confiables.

sábado, 22 de mayo de 2010

Dos tesoros. Autor David Gómez Salas

Hace años recibí los reportes del laboratorio, con los resultados de los análisis químicos realizados a las muestras que entregué. Mis muestras contenían 25, 28, 30, 31,33, 34 y 35 miligramos de oro por cada kilogramo de piedra. En promedio 30 miligramos de oro por cada kilogramo de piedra.

La zona de muestreo comprende un precioso cañón por donde pasa un río. Mide más de un kilómetro de largo. Los cálculos estiman que existen 20 millones de metros cúbicos de piedra, (50 millones de toneladas); que contienen 1,500 toneladas de oro, 48 millones de onzas troy. El monto total de venta será 48 mil millones de dólares. Era la riqueza que había y aún existe en esa zona.

El río que cavó en la montaña el cañón, no es caudaloso la mayor parte del año. Presenta caudales grandes por poco tiempo después de una lluvia. He caminado por su cauce muchas veces, he disfrutado desde abajo la brisa de sus cascadas. En una ocasión conocí una persona humilde que pescaba charales en el arroyo y me invitó a comer. No es grata la experiencia de ver como avientan los charales vivos a un sartén con aceite caliente, pero saben ricos, fritos y dorados.

En otra ocasión recolecté en el cauce del río, unas pequeñísimas pepitas de oro, le llaman oro de placer. En el laboratorio comprobé que eran insolubles en ácidos y solo las pude disolver con agua regia, mezcla de ácido nítrico con ácido clorhídrico. La solución diluida la analicé en espectrofotómetro de absorción atómica y obtuve lecturas altísimas. Me quedó la certeza que era oro. Eso fue todo. No toqué ese tesoro, ni el otro (obvio).

Para extraer el oro, hay que aceptar destruir la naturaleza…El sitio es maravilloso, por las paredes del cañón escurren decenas de pequeñas y hermosas cascadas.

En la última página de mi libro de cuentos y poesías, se encuentra el mapa de localización del sitio. Está elaborado con tinta transparente y para poder ver el dibujo deberán aplicar un compuesto ferroso sobre el papel. Hay que hacerlo con cuidado, sin exceso. El dibujo aparecerá al secar la hoja, en diez minutos. Suerte.