Robaste a tu esposa
y a tus hijas, su dinero.
Fracasado, mentiroso,
sin honor, vulgar ratero.
Voraz, insaciable,
avaro y rastrero.
Apocado pernicioso
¡Súfrete, con tu dinero!
Cuentos, poesías, noticias de ingeniería, ciencias, temas sociales y políticos.
Robaste a tu esposa
y a tus hijas, su dinero.
Fracasado, mentiroso,
sin honor, vulgar ratero.
Voraz, insaciable,
avaro y rastrero.
Apocado pernicioso
¡Súfrete, con tu dinero!

Tiro de gracia. Autor David Gómez Salas
Una noche arribó un automóvil rojo al terreno que colinda con mi huerto. Entró por una parcela abandonada sin cerca al frente, el acceso estaba libre. El automóvil avanzó hacia donde me encontraba y se estacionó en el límite con mi terreno, muy cerca de mí.
Descendió del automóvil, una pareja de enamorados que se abrazaban y besaban. Con rapidez pusieron sobre el suelo una colcha y empezaron hacer el amor frente a mí.
Me retiraba silenciosamente del lugar, cuando el hombre gritó: ¡Quien anda ahí!
—Estoy en mi huerto—Contesté. Seguí caminando para alejarme del lugar y escuché disparos y sentí al mismo tiempo un balazo en mi brazo izquierdo. Corrí al río, es un cauce seco con algunos árboles de mezquite y maleza que crece en el desierto.
Corrí sin detenerme a lo largo del cauce hasta llegar a su cruce con la carretera. Antes de subir a la carretera, revisé mi brazo y me dí cuenta que mi herida era solo un rozón. Sin embargo supuse que por la sangre sería difícil que alguien se atreviera ayudarme y llevarme en su automóvil. Así que decidí seguir caminando por el cauce hasta llegar a las vías del tren y caminé a la ciudad por esa ruta. Era más segura, por ahí mi agresor no podría seguirme en automóvil, no hay forma.
Llegué a casa después de la medianoche, todos dormían. Me bañé y lavé mi herida con detergente, después le puse mercurocromo. Con gasa, presioné ligeramente la herida con mi mano derecha hasta que dejó de sangrar y la herida quedó seca externamente. Coloqué gasa limpia sobre la herida y la fijé con tela adhesiva. Me acosté del lado derecho con el brazo izquierdo arriba y sin moverme.
Al día siguiente, al mediodía, pasé en automóvil frente a mi huerto para observar si había alguien vigilando. Me di cuenta que 50 metros adelante, estaba un carro color gris plata estacionado del otro lado del camino, en sentido contrario al mío. No me detuve, seguí hasta el final del camino, es un tramo cerrado que comunica a varios terrenos con una carretera. Cuando llegué al final del camino di vuelta en “U “. Pasé de nuevo frente al auto estacionado y me di cuenta que en su interior, había una mujer.
El mismo día, a las 5 de la tarde di otra vuelta. Permanecía el carro estacionado con una mujer en su interior. Parecía ser una mujer distinta a la que había visto en la mañana. No estaba seguro, porque al pasar frente al carro, no volteaba descaradamente a verlo, simulaba llevar la vista al frente y voltear brevemente como con cualquier auto.
Pasaron 15 días en que no pude regar mis árboles y el sol los estaba matando. Son árboles jóvenes con raíces aún poco profundas. Así que al dieciseisavo fui al huerto a regar. Para que el agua se infiltre a través del suelo debo regar de tarde noche. De día el agua se evapora muy rápido y no se aprovecha. Mi terreno es arcilloso, sin arena, poco poroso.
Al llegar al huerto, de inmediato vi que estaba el carro gris plateado en el sitio de siempre, lo ignoré. Me estacioné frente al portón, lo abrí, metí mi auto, cerré el portón y me dirigí a mi auto para ir al fondo del terreno. Pero en ese momento el carro gris plata ya estaba frente a mi terreno y como la cerca es de malla ciclónica, la mujer que bajó del auto y yo, podíamos vernos. No podía fingir que no la había visto.
—¡Señor, señor!—Gritó.
Me aproximé a ella, para escucharla. Era una mujer muy joven, delgada, morena, rostro delicado, ojos negros grandes, cejas pobladas y nariz pequeña. Cabello lacio sujetado hacia atrás.
—Necesitamos platicar—Me dijo. No tenga miedo, no le vamos hacer nada. Usted no rajó, no fue a la policía. Mi novio y yo, queremos darle un regalo de agradecimiento.
—Nada hay que agradecer—Le dije.
—Solo queremos platicar, no tenga miedo—Insistió. Suba a mi carro lo llevaré. Usted es un hombre fuerte, yo soy solo una mujer de 18 años ¿Me tiene miedo?
—Necesito darle agua a las plantas, se están secando—Contesté. No me deben nada, me urge regar.
—Espere, voy a llamar por teléfono, a ver que me dicen—Contestó.
Se retiró un poco e hizo la llamada atrás de su coche. Solo habló un minuto y regresó al portón y dijo: Está bien, póngase a regar, pero estamos entrados, rechazó mi invitación.
Caminó a su auto y dijo: espere, quiero enseñarle algo. Llegó al auto, abrió la cajuela y sacó una metralleta. ¿Ve este juguete? Si lo quisiera chingar, lo hubiera chingado, aunque se echara a correr.
Guardó el arma en la cajuela, subió al auto, dio marcha al motor y volteó a verme por la ventanilla. Sonrió y me dijo: nos veremos pronto y la próxima vez no me digas no. Se fue.
Ese día, terminé de regar como a las once de la noche. He aprendido a disfrutar el cielo estrellado del semidesierto, y he aprendido a amar la nobleza de su escasa vegetación. Me gusta estar a oscuras y mis ojos se acostumbran a ver con la tenue luz de la luna, aún cuando no haya luna llena. Así que decidí que a partir de ese día iría a mi huerto solo de noche. Me sentía más seguro, pero no perdía el miedo de que llegaran a visitarme.
Pasaron más de tres meses y cuando ya sentía que no los volvería a ver, apareció la mujer. Arribó a las 9 de la noche, se estacionó fuera de mi huerto. Nos vimos de inmediato, yo estaba abriendo una válvula que se encuentra cerca del camino. Bajó de su auto y me dijo: Buenas noches, mi buen.
—Buenas noches—Contesté. Tenía miedo, aunque ella tuviera 18 años y se viera sin maldad.
—Ábreme quiero platicar contigo—Dijo. No tengas miedo, no te voy hacer nada ¿Estás armado, güey?
—No—contesté. Y abrí el portón.
Pasó al huerto y me dijo: Mataron a mi novio, a mis papás, a mis carnales y a mis amigos. Al final solo quedamos vivos tres y éramos un chingo. Los tres que quedamos vivos, nos despedimos y cada quien jaló por su cuenta, sin saber de los otros, para que en caso que lo agarren, vuele solo.
Vine porque tú eres uno de lo pocos que no me eché ¿Me entiendes?
Me respetaban por mis ovarios bien puestos ¿Me entiendes?
Nunca me temblaron las manos, ni las piernas, ni nada ¿Me entiendes?
Así que pensé, me voy a echar aquel pinche campesino y vine.
Pero ya te dije que no te voy hacer nada y siempre cumplo mi palabra.
Déjame ver tu brazo. No te pasó nada y te disparó muy cerca por la espalda. A esa pinche distancia, yo te hubiera dado en la cabeza, la espalda, donde quisiera. Pero “El Culi” falló. Así le decían mi novio porque él a todos les decía culeros.
Pienso que a partir de esa noche empezó su racha de mala suerte. Por dejarte vivo. Los muertos nunca dan problemas, ni traen mala suerte. Perdí la cuenta de los he matado sin problemas. Pensé que debía darte cuello para terminar mi raja de mala suerte y vengar a “El Culi”.
Mientras yo regaba, ella caminaba a mi lado y a través de ella, habló el diablo. Platicó, casi sin interrupción, cerca de dos horas. Después me dijo: “El Culi” ya está muerto, como mis papás. Así que si voy a cumplirle a un muerto, que sea a mi mamá y no al güey del Culi.
Sacó debajo de la chamarra una pistola, la puso en mi cabeza y me dijo: si quieres vivir acuéstate en el suelo y repite lo yo diga.
—Doña Marisol, perdone a su hija, así como ella me perdonó—Dijo.
—Doña Marisol, perdone a su hija, así como ella me perdonó—Repetí.
—Ya la hiciste, pinche campesino—Dijo. Puso la pistola en mi nariz, desabotonó su blusa y, con una leve sonrisa, me preguntó:
¿Te gusta mi cuerpo, güey?
—Si
¿Has estado con una hembra como yo?
—No
Pues te la vas a perder, dijo. Guardó su pistola y se fue.
Cuidado querido lector, no caiga en las trampas que tienden los promotores de la violencia. No es cierto que únicamente se pueden hacer dos cosas: (1) Combatir la delincuencia a balazos, como hasta ahora; (2) No hacer nada.
Los promotores de la violencia se apresuran a declarar que el único camino para combatir la delincuencia es el uso de la fuerza. Todos sabemos que en la vida las opciones son múltiples.
Nadie quiere que se repliegue el Estado en la lucha contra la delincuencia. El deseo generalizado es que se aplique una estrategia más eficaz. Que atiendan también las causas y no solo se reaccione a los efectos. Hay varias formas (preventivas y correctivas) de combatir la delincuencia, estas formas no se excluyen. Se deben aplicar al mismo tiempo.
El uso de la fuerza armada permite a las autoridades contener la violencia de la delincuencia; y conduce a una carrera armamentista. Cada día gobierno y delincuencia tienen más combatientes y armamento más poderoso. Así son las guerras.
La pobreza, el desempleo, el bajo nivel cultural de la población, la corrupción, la impunidad, el abuso y cinismo de políticos, los pésimos gobernantes, los excesos de los poderosos, la cultura de la transa y del engaño; entre otros males, ocasionan que la mayoría de las personas tenga como objetivo de vida: la adquisición de riquezas materiales. ¿No favorece esto, la búsqueda del dinero fácil? ¿No abona a favor de la delincuencia?
Los ciudadanos no confían en la policía, les temen. Sus abusos y prepotencia, los hacen ser odiados. Y cuando escuchan noticias que informan sobre ex policías que cometieron actos delictivos, los ciudadanos confirman que tienen a razón en desconfiar de ellos. ¿Combaten o apoyan a la delincuencia organizada?
Con el pretexto del combate a la delincuencia organizada, la policía actual porta armas de alto calibre y su presencia intimida a la población. Aún con estás armas poderosas, muchas veces no están mejor armados que la delincuencia organizada. A los fabricantes de armas a nivel internacional, les convienen las guerras. Les venden a todas las partes en conflicto. ¿Vale la pena invertir en armas, en lugar de invertir en educación?
Cuando los políticos ocupan un cargo público se asignan sueldos altísimos, totalmente alejados de los sueldos promedio de la población. Ganan en un mes, lo que ganan los campesinos en diez años. Gran parte del presupuesto se gasta en los altos sueldos, reduciendo recursos a la educación, al cuidado de la salud, a la cultura, al desarrollo de la ciencia y de la tecnología. No existe un político con imagen de honesto, pero ellos se niegan a reconocerlo.
Sin ciencia y tecnología, estamos condenados a ser, en su mayoría, un país de empleados. De mano de obra barata. Incluso lo que llaman mano de obra especializada, es en muchos casos aplicación de habilidades manuales o técnicas, con alcances limitados, que requieren solo una capacitación específica, no más. Un país de empleados, es un país vulnerable, dependiente. Con mala calidad de vida para la mayoría, es un ambiente que favorece el desarrollo de la delincuencia.
Gastando más en armas y policías que en educación se garantiza la producción de desempleados en actividades lícitas. Lo cual favorece la generación de empleo en actividades ilícitas. Los desempleados por necesidad y otros por ambición, intentarán ganar dinero ilícito para alcanzar los niveles de vida que se anuncian en la televisión.
La producción, distribución y venta de drogas de manera clandestina, eleva los costos de la droga. Los altos riesgos elevan las utilidades. Las grandes utilidades favorecen el crecimiento del mercado, porque disponen de más recursos económicos para inducir el consumo.
Además, las organizaciones creadas para producción, distribución y venta de drogas, permiten comercializar otros productos e incursionar en otros negocios.
Querido lector ¿Con balazos se podrá terminar la delincuencia?

Por recibir el celular que le había prestado, me distraje y no puse el seguro de esa puerta.
Arranqué el automóvil y pensé en llamar por teléfono a mi esposa para avisar que ya iba a casa. Veinte metros más adelante había un semáforo en alto y mientras esperaba la luz verde decidí hacer la llamada; acerqué el celular a la ventanilla izquierda para ver mejor las teclas con la luz del alumbrado público, marqué el número telefónico, y cuando esperaba que contestaran el teléfono, se abrió repentinamente la puerta delantera del lado derecho y se introdujo un hombre armado.
El asaltante entró insultando, y haciendo alarde de violencia arrancó el cable que conecta el celular al encendedor de cigarros. Con la mano derecha puso una pistola en mi sien derecha y con la mano izquierda me sujetó de los cabellos, sacudiéndome la cabeza de un lado a otro.
— ¡Vas hacer lo que te diga o te vas morir, hijo de la ...!—amenazó.
Me limité a guardar el celular con la mano izquierda abajo del asiento, a un lado de la puerta. La violencia física y verbal era intensa y abrumadora, para intimidarme al máximo.
—¡Me vas a llevar a donde te diga!—gritó.
Durante la agresión reaccioné moviendo la cabeza en la misma dirección y sentido que daba el matón a sus jalones. Mi propósito era dar la apariencia de estar ebrio, deseaba que el rufián me sintiera débil y sometido. Pensé que así podría evitar que se le ocurriera golpearme con la pistola, para dominarme de manera apabullante o incluso apalearme hasta que quedara inconsciente.
Me di cuenta que el asaltante estaba sorprendido de poder sacudirme la cabeza con tanta facilidad. El delincuente observaba mi rostro, para descubrir si realmente venía muy ebrio o si estaba fingiendo y era necesario ablandarme a golpes. Podía utilizar, de un momento a otro, la pistola que mantenía al lado de mi cabeza.
Me mantuve en silencio y con la mirada al frente, para que el asaltante tuviera la seguridad de que él tenía la situación dominada por completo. De esta manera esperaba que dejara de jalarme el cabello y empezará a dar órdenes. Necesitaba conocer sus planes, saber a donde quería ir y obtener cualquier dato sobre su personalidad.
—Te llevaré a donde quieras, dime a donde quieres ir—le dije. Lo hice sin dirigirle la mirada, cuando hubo una pausa en los gritos del agresor.
El delincuente se movió para sentarse en forma más cómoda, enderezó su espalda y levantó el pecho; de esa manera se veía más alto.
—Vete por toda la avenida Xola—ordenó. Después doblas a la derecha en Calzada de Tlalpan y te vas derecho hasta llegar a la parada del metro General Anaya ahí te diré donde darás vuelta a la derecha.
De inmediato pensé que tenía un trayecto de más o menos cinco kilómetros para salir del problema, siempre y cuando fuera cierto lo que había dicho. Podía ocurrir que me quitara el auto antes de recorrer esa distancia, pero por la forma directa y concisa en que lo expresó, parecía haber dicho la verdad.
La avenida Xola estaba desierta y estrellarse contra un poste o una casa, no parecía ser una solución, pues sí el maleante me pegaba un tiro, podría huir y nadie lo vería. Llegué a la conclusión que lo mejor era estrellarme contra un automóvil, así habría testigos y se complicaría la situación para el asaltante.
Con testigos de por medio quizás tendría oportunidad de correr a pie después de chocar. Pensé que al llegar a la calzada de Tlalpan habría más oportunidad, porque ahí circulan más carros. Pero el plan era chocar el auto a la primera oportunidad.
Es probable que el asaltante sospechara mi intención, pues me ordenó que no tomara los carriles centrales y no manejara rápido, de esta manera no podría alcanzar a otro automóvil.
No me convenía girar a la izquierda, porque el impacto sería de mi lado, lo ideal era chocar el auto por el lado derecho o de frente.
Seguimos el viaje por los carriles de baja velocidad y no tuve la suerte de encontrar un automóvil que circulara más lento, para embestirlo.
Al llegar a la esquina de avenida Xola con calzada de Tlalpan, creí que el tipo me iba a ordenar tomar una de las calles oscuras de esa zona, para quitarme el auto y darme un tiro. Coincidió que sus insultos arreciaron. Pensé que debía haberme arriesgado antes, pues a veces no se presentan las condiciones que uno espera y se termina el tiempo.
Afortunadamente el delincuente no me ordenó ir a las calles oscuras, y tomamos la Calzada de Tlalpan; siguiendo la ruta que él había dicho.
Los golpes se hicieron menos frecuentes e ignoré sus insultos. Pensaba infinidad de cosas, ya que además de cavilar sobre como librarme del asaltante, me lamentaba por haber tomado bebidas alcohólicas y por no estar en plenitud para reaccionar lo mejor posible. También me lamentaba por no haber puesto el seguro a la puerta, cuando mi amigo bajó del auto.
Pensaba en mi esposa y en mis hijas. Recordaba que cuando regresaba muy noche a casa, le decía a mi mujer que sabía cuidarme para que no se preocupara.
También le decía bromas de mal gusto como: no te preocupes, la mala hierba nunca muere y otras; que a ella no le gustaban.
Seguí conduciendo por la calzada de Tlalpan hacia el sur, por el carril de baja velocidad, algunos autos me rebasaban por la izquierda, pero lo hacían a gran velocidad. Pasaban tan rápido que no me convenía chocar contra uno de ellos, un impacto tan fuerte me mataría y además ocasionaría la muerte de gente inocente. Mi intención era arriesgarme sin llevarme a nadie más.
Después de un largo recorrido encontré una patrulla estacionada, justo una cuadra antes de llegar a la parada del metro General Anaya. Avancé para estrellarme contra ella pues era mi última oportunidad.
Él asaltante me había dicho que por ahí daríamos vuelta a la derecha y yo recordaba que esas calles siempre están vacías después de las once de la noche, y era la una de la mañana.
Imaginaba que nos estacionaríamos en una calle oscura, que me obligaría a bajarme del auto, me pegaría un balazo y se llevaría el carro. Me figuraba que los vecinos encenderían las luces de sus casas, llamarían a la policía y bajaría hasta que estuvieran seguros de que ya no había peligro. Así que estaba obligado a jugarme la vida.
El delincuente no adivinó mi intención de estrellarme contra la patrulla, pensó que llamaría la atención tocando el claxon, porque apretó la pistola contra mi cabeza y me dijo: Si das claxonazo, ¡te vas!
Cuando escuche el “click” de su pistola, interpreté que la pistola estaba preparada para disparar, por lo que decidí no chocar contra la patrulla, se podría disparar la pistola al momento del impacto.
Como conducía al automóvil a baja velocidad, frené con suavidad y detuve el auto justo al lado izquierdo de la patrulla, y sin hacer movimientos bruscos toque el claxon lo más breve posible. Él tenía que decidir si disparaba o no, frente a la policía.
No hubo impacto ni “claxonazo”. Actué con serenidad y sin movimientos violentos, preparado para acelerar y poner mi auto frente a la patrulla ó subirlo a la banqueta para escapar a pie. Por instinto sabía que en un escenario violento, él podría darme un tiro de inmediato, por eso reaccioné así.
El tipo no disparó, solo escondió el arma bajo su chamarra dando la espalda a la patrulla, bajó del automóvil con cierta rapidez pero sin perder el estilo; cerró la puerta y se paró frente a la ventanilla dando de nuevo la espalda a la patrulla. Me incliné lentamente sobre el volante para poder ver al patrullero, ya que el delincuente obstruía con su cuerpo la ventanilla.
El malhechor se sabía observado por el policía, así que simuló ser un amigo al que yo le había dado un aventón a ese punto. Levantó la mano derecha para decirme adiós en forma breve, y se fue caminando con tranquilidad. Pasó por atrás de la patrulla y se subió a la banqueta. No supe más, me fui a casa.
Nada dije al policía de la patrulla, ni siquiera intenté ver su rostro de nuevo, por experiencia sabía que no debía confiar en él.
El delincuente no me quitó la cartera, ni el auto, ni me llevó a un cajero automático, ni me causo heridas graves. Salí con vida.
En contraparte, tenía la certeza que entrar en contacto con la policía, me haría daño.